Racionalismo

Cuando
se inició el proceso convencional fueron muchas las voces que se
alzaron con numerosas y diversas propuestas de un nuevo Chile. Las
campañas de los candidatos tenían que ser rimbombantes para atraer
adherentes y formar parte en la elaboración de este importante proyecto.
Cada uno la hizo con la visión de país de acuerdo a su experiencia de
vida, de la tradición familiar o política inculcada, con ideas más o
menos revolucionarias, con conocimientos claros o no del derecho y
muchos con solo las ganas de explorar una nueva experiencia de vida.
Genial todas ellas, que solo podrían haberse traducido en textos
completos en la medida en que el que resultare electo sea el único
llamado a redactarla.

La
forma en que se concibió el proceso y la enorme cantidad de candidatos
con visiones contrapuestas hizo que el naipe se barajare de tal modo que
cualquier idea general fuera una simple gota en medio de la
universalidad de la Asamblea. Cada aporte era como un grito más en la
inmensidad, donde el ruido impedía oír más que el clamor propio. Tal
como se previó, las gotas y los gritos se tuvieron que diluir hasta
hacerse escuchar formando un crisol donde nadie ha podido imponer sus
exclusivas ideas si no las ha discutido, consensuado, razonado y
concordado con los demás miembros de las distintas comisiones o con el
pleno cuando ello ocurra.

Vimos
caudillismos desenfrenados, embriagados por ese sello de ser
representantes de los que le eligieron y donde podrían decir y proponer
cualquier cosa. De a poco, como anticipábamos en columnas anteriores,
hubo que flexibilizar posiciones, pues no es fácil defender con
liviandad principios específicos que, siendo loables no tienen ningún
destino si no logra convencer a los convencionales más racionales del
hemiciclo. Ese proceso implicará desilusión, desencuentros y con el
correr de las semanas cierta desidia, incluso entre los integrantes de
las mismas líneas de los bloques formados al interior. Ya hemos visto la
amargura de ciertos constituyentes que lo que, a su juicio, era blanco
al inicio, hoy ya va tomando colores más pasteles. Alardear sin
flexibilizar posiciones será una lástima cuando, al final, y aunque
insulten y rasguen vestiduras, descubramos que solo quedará su nombre en
el final del proyecto sin que haya habido un real aporte a él.

Hemos
escuchado del enorme número de iniciativas ciudadanas que se
presentaron y que deben ser analizadas y debatidas, y hemos oído
aquellas más destacadas por los medios y por las redes, algunas de las
cuales son absurdas en extremo y que han servido de base a los
oscurantistas que esperan lograr el triunfo del rechazo en el plebiscito
de salida. Ninguna que no tenga un mínimo de racionalidad va a ser
parte de nuestro nuevo texto constitucional y esto es una afirmación que
nace del convencimiento de que la responsabilidad asumida por los
integrantes de la Asamblea está muy lejana a los vítores y promesas de
las respectivas campañas. El conglomerado que la conforma es tan amplio y
representa los intereses de tantos sectores políticos, económicos,
territoriales, ambientales y de pueblos originarios, que hará que
confluya esa natural coherencia para lograr un texto, con una línea
editorial uniforme y concordante con los principios de equidad que buscó
la ciudadanía durante el estallido social.

Diferente
es hablar de estallido social con la proliferación de la guerrilla
social que la comunidad se acostumbró asociar a ella. El 18 de octubre
de 2019 comenzó como un reclamo por la injusticia social que se vive y
que la pandemia ha contribuido a visibilizarla en los largos dos años de
restricciones que nos ha obligado a vivir. Hoy vemos el escenario con
más claridad y con menos nubes tóxicas de noticias adormecedoras y
propagandas que reflejaban el oasis de nuestro país, y por fin la
ciudadanía completa ha podido constatar el real hacinamiento en que se
vive y que sorprendió, en su oportunidad, al mismo ministro de Salud.

La
racionalidad en la nueva Constitución se impondrá para tranquilidad de
la ciudadanía y para mal de sus empecinados e incansables detractores.

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