Chile
es nuestro hogar, el de todos y todas, y hemos de dar crédito a que
cada día somos más en esta casa. Los que nacen, los que llegan, los que
regresan son más; son más que los que se van, los que parten, los que
mueren.
Los
que somos, los que estamos en esta casa debemos dar paso a la razón
honrando con ello lo propio de nuestra especie homo sapiens; pero no
solo somos homo sapiens, también somos homo faber y homo machina; y
también somos a veces, sin quererlo, cuando damos espacio a la pasión,
homo brutus.
¿Qué
digo? Que la pasión, convertida en ambición, en ira, en enojo, por la
impaciencia, por la desconfianza, trastoca, trastorna, transforma al
homo sapiens y, aunque solo sea por momentos, lo retornan, lo retrotraen
a su esencia animal original, y así somos sujetos no pensantes,
irreflexivos, insensatos, instintivos, impulsivos, arrebatados,…
¿Cuál
es la raíz de este trastorno? Varias raíces. No meditar, no
reflexionar, no razonar, solo decir, solo hablar, solo hacer, sin más.
Hoy es más evidente, en especial, en las redes sociales, en la
instantaneidad, en una “chapa”, es casi el equivalente a lanzar una
piedra, y con capucha. ¿Pasión o razón?
¿Razón
o pasión? ¿Pasión o razón? Opino que prime la razón, y con ella, la
verdad, esa verdad que se equilibra entre dos, que no es propiedad de
uno solo, aquella verdad que tiene raíces, que no es espontánea, que se
consolida en el tiempo y el espacio, en un tiempo y un espacio que
trasciende a un solo individuo.
Razón
y verdad debieran ser hermanas, hermanables. Debieran caminar juntas,
encontrarse de ida y de venida, tantas veces como sea posible. Ante esta
hermandad sostenida, otro debiera ser nuestro andar, otro nuestro
devenir, el mejor, siempre. Ello, si el hombre y la mujer actúan
primordialmente de manera reflexiva, reconcentrada, prudente, ponderada.
Ese hombre, esa mujer, con esa disposición razonada, puede, más en el entorno privado, particular
o familiar, por cierto, darse la oportunidad de actuar de modo más
descuidado, relajado, distendido, apasionado, eso sí sin herir, sin
dañar, sin romper relaciones fraternas.
Distinta
es la situación en escenarios mayores, laborales, profesionales o
sociales, en los que nuestro actuar se encuentra con el del otro, con el
del prójimo. Allí es cuando nuestro actuar debiera adoptar una
compostura alta, mayor, mejor, pues debiera dar espacio a la razón, y
con ella como hermana, a la verdad.
No
desatiendo, sin embargo, la idea de que una vez reconocidas la razón y
la verdad, pudiera la pasión incorporarse en el imperio de la razón o en
el imperio de la verdad, pero solo si ambas –razón y verdad- han sido
atendidas.