Los
olores y los sabores suelen caracterizar situaciones. Al describir esos
sentidos en sus crónicas, cuentos o novelas, los escritores conducen al
lector hasta percibir lo que ellos imaginan haber olido y degustado. Y
hay quienes lo logran con enorme talento. Todos guardamos, en alguna
parte de la memoria, el placer de algún sabor y la fragancia de ciertas
cosas, o bien las náuseas padecidas ante otras.
A
menudo, en la remembranza de épocas pasadas, constatamos que los olores
y sabores tienen vida, pues la nostalgia se encarga de resucitarlos.
Entonces, se asoma a veces a nuestro paladar y narices, el placer de lo
que olíamos o degustábamos antaño.
Hace
poco, un destacado escritor nacido en el barrio croata, me contaba de
su emoción, cuando, al ir a visitar por primera vez a sus familiares a
un pueblo de la isla Brac, le sirvieron papas con acelga. El sabor y la
fragancia lo transportaron en el tiempo y le provocaron ternura y
lágrimas, las que solo él podía comprender.
Era
un retorno, a través de sus papilas gustativas y su olfato, a la
infancia de su hogar de la calle Carrera y a su madre preparando la
comida. En mi novela, Alvarado (Ediciones UMAG, 2021) describo el olor y
el sabor que aún siente Marcela hasta el día de hoy. Me los describió
con la voz entrecortada una tarde, mientras yo terminaba el manuscrito.
Los atesora desde los cuatro años, cuando, estacionadas con su madre en
la avenida Colón, frente a la casa donde torturaban a los prisioneros de
la dictadura, trataban de divisar a su padre: “el vidrio trasero del
auto, que yo lamía para limpiar el vaho y así observar el parque y la
siniestra casa de los interrogatorios, sabía a una mezcla de hierro,
limpiavidrios y nieve”— me expresó emocionada—; y creo que esa tarde
sentí también con ella los sabores amargos de su pasado.
En
lo personal, la memoria me falla poco en este aspecto. Creo poder
distinguir a ciegas el olor de varias ciudades, y hasta de sus barrios.
Atenas huele igual que Santiago: a fruta, smog y alquitrán. Casablanca, a
mar salado en la Mezquita Hassan II y a alcantarilla cerca de la
Medina. En México se entrelazan la cebolla con la fruta tropical y la
fritura de los negocios callejeros.
Sevilla siente a jamón serrano, vino y naranjales; y en Paris, que olía
a tabaco negro hasta los años setenta, sus barrios hoy exhalan quesos,
baguete crocante y perfume de mujer.
Pensar
en Punta Arenas es hacerlo con los olores y sabores de mi infancia: a
pelota de goma, cachitos del turronero de la calle Fagnano, leña para el
calentador, a cera de los pasillos de madera, cebada de la cervecería
de Patagona, a sopa humeante de puchero que preparaba Marina, al
encierro de un gimnasio repleto, cuando jugaban Sokol y Liceo y el Pollo
Radi? hacía de las suyas. Pero tal vez, lo que más se ha quedado en mi
nostalgia, por lo hermoso, sabroso y placentero, son mis pasos de niño
por la calle Chiloé, cruzando Errázuriz. El olor invadía las aceras en
el momento preciso. Me era irresistible, cautivante, y se mezclaba con
el hambre de las doce, antes de almuerzo. Entonces, cuando teníamos unas
pocas monedas en los bolsillos, entrábamos con Darlas, López, Johnston o
los Jadrijevi?, a la panadería de los hermanos Milovi?, los dos de
boina oscura y guardapolvos, instalados detrás del mostrador, rodeados
de canastos de mimbre y sacos de harina. Comprábamos con premura una de
esas hallullas que salían del horno, y luego de sentir su calor en
nuestras manos entumidas, le pegábamos el mordisco; ansiosos, felices,
hambrientos. Puedo aún recordar el sabor fresco de la harina hecha pan y
la manteca que
lo hacía esponjoso. Ese olor era siempre una delicia; su sabor, un
deleite para niños. Me complazco al revivir esos gustos con aromas,
transitando entre décadas pasadas, rememorando esos bellos momentos, con
las mismas ansias que sentía entonces al morder la hallulla fresca de
los Milovi?, logrando abrir mi corazón, para dejar que vuelva y penetre
en él, para colmarlo de nostalgia, esa tierna infancia de aquel viejo de
hoy, subiendo contra el viento la avenida.