Los
recuerdos nos siguen y persiguen, son como luceros que alumbran ese
sendero de la vida que se nos va estrechando con el tiempo. Aferrarse a
ellos es mantenerse en marcha. Cuando ya no recordamos, es una parte de
nosotros la que se queda en la berma.
Nunca
he estado en una guerra, pero he conocido a gente que las ha padecido
y, como me han contado sus vivencias, me apresuro a compartilas, antes
que se me olviden:
Una
mañana lluviosa de abril, hace justo veinte años, mi mujer me llamó muy
temprano a la oficina. Estaba agitada. “Pide urgente una ambulancia”
—le escuché decir. Se había caído nuestro vecino y era imposible
levantarlo del suelo. Pedí a la secretaria llamar a los bomberos (lo que
se hace en Francia en caso de accidente) y corrí las cuatro cuadras
hasta llegar al edificio. Encontré al Sr. Walther tendido en la
alfombra, con los ojos levemente abiertos. Vestía una bata oscura de
franela y un pijama a rallas. Toqué su cuello, aún tibio, y constaté que
ya no respiraba. Luego llegaron los bomberos, salimos de la habitación y
ellos se lo llevaron, esta vez sin hacer sonar la sirena. Dos días
después, asistí a su entierro, en el cementerio de Montmartre, donde se
congregó muchísima gente. Yo era el único hombre sin sombrero negro o
kipá para cubrirme la cabeza. Ese día supe que mi vecino era judío.
Luego de las plegarias del rabino, varios representantes de
organizaciones judías recordaron al héroe de la resistencia francesa
durante la Segunda Guerra, con quien yo conversaba en la escalera del
edificio de calle Tilssit 16 de París, ayudándole a veces a subir sus
compras. En julio de 1942, el joven Walther, informado del arresto que
harían al día siguiente de miles de niños judíos (la Rafle du Vél
d’Hiv), recorrió medio París para dar aviso y esconderlos. Luego, junto a
otros camaradas, sacaron clandestinamente a muchos de la capital,
entonces ocupada por los nazis. Combatió a los agresores durante los
años siguientes, fue herido y cuidado por una joven enfermera que llegó a
ser su esposa. Muchos de sus compañeros de armas cayeron en combate; él
fue uno de los que pudo contar a los mártires. Ese día de abril, sentí
orgullo por haberlo conocido.
Mucho
antes, a principios de los años ochenta, residiendo en otra ciudad,
solía conversar con el señor Geny. Tenía 94 años y una lucidez a toda
prueba. Había sido maestro y su mano derecha estaba deformada. La
granada le había estallado antes de lanzarla. Dos años estuvo
combatiendo en las trincheras de Verdún, durante la Primera Guerra. Una
vez, le pregunté si acaso había sido soldado también en la Segunda. Me
miró sorprendido y me respondió que en 1940 él ya estaba viejo. Me
hablaba de los avances de su brigada, la 16, para
tomarse una trinchera alemana, los alambres de púa que le rompían la
cara, las máscaras de gases, las ratas y el tifus, sus cartas de amor.
De todos esos recuerdos, destaco aquel que evocó una tarde, con la
emoción de las lágrimas: “una noche, al enterarnos del triunfo de la
Revolución de Octubre, un soldado alemán salió de su trinchera, alzó el
fusil con sus dos manos y comenzó a entonar la Internacional. A los
pocos segundos, cientos de combatientes de ambos bandos lo imitamos,
todos de pie, con el fusil alzado algunos, otros agitando pañuelos en
medio de la penumbra, cantando en su propio idioma, la canción que esa
noche nos unía. La repetimos varias veces” – me decía y, agregaba: “más
tarde, los disparos enemigos fueron menos intensos y tuvimos la
impresión que no nos apuntaban. Yo, en todo caso, no disparé un solo
tiro… Hasta el día siguiente”. El Sr. Geny era un anciano tierno y
bueno, a quien mi hijo pequeño solía llevarle galletas.
Hoy, ninguno de esos bravos personajes existe, pero me propuse darles vida a través de las palabras; vida que recojo para mantenerlos en este mundo que es tan real como esas vivencias que comparto, para que en nosotros, esos recuerdos vivan.