El
ser humano por naturaleza se asocia y pertenece a grupos de
representación. Esto nace de un modo natural y emana de la propia
libertad que el ser humano posee. Estos grupos, desde sus
representantes, buscan manifestarse en la sociedad civil para hacer
valer sus opiniones y
visiones. Esto ha sido y es considerado como algo valioso en la
historia para toda la sociedad. Esta visión ha llevado a que minorías
puedan ser representadas y escuchadas, haciendo valer sus opiniones y
miradas, para poder lograr una real inclusión. Pero es interesante ver
que este proceso no es absoluto, sino sectario. Junto con esta idea que
busca visibilizar a grupos marginados se ha intentado silenciar a
mayorías por razones de supuesta “no discriminación”. En nombre de la
inclusión se excluye a grupos mayoritarios como es el caso de las
Iglesias establecidas, tanto católica como cristiana. Pareciera ser que
en la agenda progresista establecida, el ser conservador y tener una
visión de mundo cristiana, es algo indeseable que merece ser silenciado.
Más
allá de las falencias humanas que la Iglesia pueda haber tenido hoy y
siempre, estos “pecados” han sido promocionados literalmente con
“ventilador” con intenciones de silenciar a la institución como un todo.
Se busca anular a la Iglesia quitándole el “piso moral” total por las
falencias de algunos. Lo cierto es que toda institución está formada por
personas y esas personas pueden cometer graves faltas, pero eso no
debiera invalidar a la institución como un todo. Sin embargo cuando
hablamos de la Iglesia Católica, pareciera ser que las faltas de algunos
miembros de ésta, terminaron por invalidar a la institución como un
todo. La Iglesia Católica ha destacado por su ausencia en opinar en
temas esenciales país, al punto de dejar sin voz y sin guía, no a una
minoría país, sino a la gran mayoría. Ante la vergüenza de las acciones
imputadas, los “pastores” decidieron abandonar a sus feligreses y
privarlos de su tan necesaria conducción. A esta ausencia, pecado de
omisión, se suma el pecado de acción que tiene que ver con
el hecho que facciones de la Iglesia Católica abrazaron ideologías
incompatibles con su creencia. No se puede ser católico y marxista, eso
es agua y aceite, por lo que la teología de la liberación y sus
metástasis fueron condenadas por al ortodoxia. O sea la Iglesia ortodoxa
silenció por largo tiempo por vergüenza y la “Iglesia herética” habló
de modo desvergonzado. Para efectos prácticos los feligreses estaban
abandonados o mal orientados. Esto claramente dejaba sin representación a
muchos.
De
la voz opinante y valiente de la iglesia de antaño, hoy la Iglesia
silenciada no habló durante el 2019 y “tomaron palco” frente a los
atentados abiertamente anticlericales de los movimientos octubristas.
Callar frente al mal solo hace que ese mal crezca y es ciertamente
calificado como un “pecado”. La jerarquía eclesiástica por vergüenza y
miedo prefirió eludir su responsabilidad frente a sus feligreses. Para
muchos que buscaban este silencio esta situación era cómoda y buscada,
ciertamente beneficiosa.
Pero
así como muchos ciudadanos despertaron de un letargo de vergüenza mal
concebida, la Iglesia pareciera ser que también lo está haciendo.
La llegada al arzobispado de Santiago de Fernando Chomalí cambió el
estilo. Valiente y opinante fue calificado desde antes de llegar como
alguien que cruzaba la “delgada línea roja” de lo “políticamente
correcto”. ¿La gran pregunta es si la Iglesia debe o puede opinar? Pero
si volvemos a la idea de la representación de grupos de la sociedad
civil, debe opinar. No hacerlo es eludir sus responsabilidades para con
sus fieles. Es una buena noticia que las instituciones recuperen poder
en lo político, ya que gran parte del problema de Chile es el
debilitamiento de las instituciones, entre las que está la Iglesia. El
nuevo estilo es una buena noticia, Chile está recuperando la voz. El
Chile Cristiano debe tener voz y la Iglesia no puede ni debe callar.