Una
de las explicaciones del fracaso de la Propuesta Constitucional se basa
en los inaceptables comportamientos de Tía Pikachu, el dinosaurio azul o
el voto desde la ducha. Todos ellos y muchas otras, son acciones
escasamente republicanas y profundamente criticables, pero a la vez son
vulgares anécdotas al compararse con los graves errores de la
Convención, la responsabilidad de los autores de normas o la actitud de
su gran mayoría de integrantes –políticos y expertos- de izquierda.
Cuando se discute el proceso constitucional es relevante precisar esos defectos gigantescos.
El
primero de ellos fue su diseño electoral. En efecto, una desproporción
en el número de escaños para pueblos originarios con relación a su
votación real (acrecentada por privilegios incorrectos en los
reglamentos), así como la identificación de la mayoría de sus
representantes con sectores extremos fue un grave error. Al igual que
las listas de independientes, que mal unieron a personas que pensaban
muy distinto, concediendo presencia a ideas de baja representación y
habitualmente circunscritas a activismos, sin sentido de estado,
experiencia o responsabilidad por sus actos.
A
ese error de diseño, se sumaron tres características absolutamente
perjudiciales, que unidas a la decisión de construir una Constitución
sobre nuevos principios – distintos a los históricos o propios de
democracias profundas- o como reacción negativa a las categorías
intelectuales fundantes de los últimos 30 años, llevaron a su escasa
calidad como propuesta y al fracaso electoral.
Por
ejemplo, conceptos como desarrollo sustentable, internacionalización de
nuestro país o la interpretación y lenguaje jurídico propio de un texto
constitucional eran básicamente incorrectos para la mayoría de los
convencionales de izquierda. De igual modo, igualdad ante la ley o
separación de los poderes, también eran ideas bajo sospecha que debían
ser complementadas con adjetivos como “material”, “substantiva” o una
acción estatal.
Estas características equivocadas fueron:
1.-
El espíritu radicalmente maximalista en las posiciones de los diversos
colectivos de izquierda. Descentrados del Chile real. No estábamos ante
propuestas evolutivas, si no ante un cambio revolucionario. Por ello no
se acudía mucho a la experiencia comparada (salvo Bolivia o Ecuador), a
nuestra historia o al conocimiento. Los “colectivos”, desde la praxis,
sabían mejor lo necesario para nuestro futuro.
2.-
La decisión política de la mayoría de las izquierdas, pueblos
originarios e independientes de no buscar consensos con otros sectores.
En efecto, al tener una sólida mayoría que les permitían alcanzar los
103 votos necesarios para la aprobación de una norma, optaron consciente
y deliberadamente por no buscar acuerdos con la centroderecha. A
sabiendas, no consideraron a un sector que. en una serie temporal
extensa de elecciones, representa entre el 35 al 50% de los votantes.
3.-
Finalmente la “Constituyente”, adquiriendo un aire casi místico,
demostró una vanidad única. Se creía la institución más importante de
Chile, así como la más democrática y representativa en nuestros años de
vida independiente. Incluso cuando su popularidad caía, la arrogancia de
los convencionales no se veía afectada. Un signo de esta “Vanidad de
vanidades” son las explicaciones del resultado del plebiscito, donde
hemos visto la ausencia total de autocrítica, por parte de los ¿mejores?
representantes de los convencionales de izquierda, quienes, sin
reconocer los innumerables errores del texto, levantan tesis peregrinas,
como falta de tiempo; su carácter “moderno” o la culpa de la prensa y la derecha.
Si
no entendemos que el fracaso fue por su diseño, ideas profundamente
equivocadas para la inmensa mayoría de los chilenos, visiones extremas y
actitudes de los convencionales, y la ausencia de un espíritu de
sensatez y unidad, será muy difícil construir un futuro común.