El
7 de mayo volveremos a las urnas -con voto obligatorio- para elegir a
los responsables de proponer un nuevo texto constitucional para Chile.
Se trata de una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Como no
hay espacio para repetir el estrepitoso fracaso anterior, creo oportuno
reflexionar sobre sus causas, con una actitud algo más crítica de la que
ha tenido el Presidente Boric y quienes lo rodean.
En
primer lugar, hubo un problema de diagnóstico. Si bien el 80% de las
personas que votaron en el plebiscito del año 2020 pidieron cambiar la
constitución, la Convención que tuvo a cargo dicha tarea no consideró:
(i) que solo el 51% de los ciudadanos votó en dicho plebiscito; y (ii)
que quienes votaron por la opción “Apruebo” tenían múltiples visiones
sobre la crisis social de Chile y los caminos para resolverla.
El
mal diagnóstico fue seguido de una mala receta, de un camino equivocado
para resolver nuestros problemas: la Convención consideró que esa
votación del 80% (representativa, en realidad, del 40% del padrón)
implicaba refundar el país desde cero, olvidándose de los múltiples
avances que hemos conseguido durante las últimas décadas.
Así,
en vez de sentarse a reflexionar sobre los problemas de Chile y los
cambios y mejoras que nuestro sistema necesita, el objetivo central fue
echar abajo todo aquello que oliera a mercado y reemplazar la sana
participación de la sociedad civil en la búsqueda del bien común por un
Estado omnipresente. Todo ello, además, con un excesivo nivel de
detalle, entrando en materias que una constitución no tiene por qué
tratar (por ejemplo, el derecho al libre uso de semillas tradicionales) e
introduciendo conceptos completamente ajenos a nuestras tradiciones
(como la plurinacionalidad).
Un
tercer problema fue la conducta inadecuada de varios miembros de la
Convención. Desde mentiras para ser electo (caso Rojas Vade), pasando
por disputas internas de un calibre mayor que aquellas que existen en
los tan criticados partidos políticos, hasta llegar al denominado “circo
constituyente”, graficado en convencionales pifiando nuestro himno,
votando desde la ducha o disfrazándose durante las sesiones.
Con
esos antecedentes, el 4 de septiembre de 2022, en una votación que
superó el 85% del padrón, el 62% de los chilenos rechazamos una mala
propuesta constitucional para el país, a pesar de los enormes esfuerzos
del Gobierno por conseguir su aprobación.
El
proceso anterior debiese servir, al menos, para aprender sobre aquellas
cosas que no se deben repetir. Debemos tener diagnósticos correctos
(por ejemplo, abordando la crisis de seguridad y orden público que
estamos viviendo), enfrentar nuestros problemas con las recetas
adecuadas (manteniendo lo bueno que tenemos y corrigiendo aquellos
aspectos donde existen problemas) y elegir a personas preparadas, que se
encuentren a la altura del gran desafío de escribir, en tan solo 5
meses, un texto constitucional que, si es exitoso, nos entregará muchas
décadas de progreso y unidad.