Dos
meses han pasado desde que comenzó el proceso de instalación de la
Asamblea Constituyente y, por fin, tenemos el Reglamento de su
funcionamiento. No digo “por fin” de modo peyorativo, sino como la parte
previa a la creación del trabajo para el cual se formó esta Asamblea.
La
crítica nefasta de un sector de nuestra clase política, que
desvergonzadamente intenta hacer revivir la reducida opción del
“Rechazo”, ha calado en nuestra comunidad que parece contagiarse, más
rápidamente que la misma pandemia, para desmerecer el trabajo que
nosotros mismos decidimos emprender y donde más de la mitad de la
población postuló a sus respectivos candidatos. Las encuestas reflejan
el influjo de estas malas prácticas que tienden a mirar con desprecio
aquello que la misma comunidad nacional decidió.
En
fin, una organización conformada por personas que tuvieron que
presentarse, conocerse, bajar sus revoluciones y deseos de figuración y
liderazgo, acomodarse a las febles condiciones operativas entregadas por
la autoridad, generar confianzas, alianzas y postergar egos y
directrices, y donde tuvo que ponerse de acuerdo para crear desde la
nada, no podía tener otro resultado que el que hubieran tenido un grupo
de náufragos en una isla desierta, donde su obligación era hacer
coincidir expectativas y deseos con las escasas herramientas y
conocimientos que, sobre la materia, tenían.
Hoy
tenemos un reglamento que podrá generar el mecanismo con el cual
redactar lo que esperamos y donde deberán tenerse en cuenta cientos de
aspectos que, coordinadamente, los constituyentes irán discutiendo,
adecuando y concordando para que el texto sea armónico y legítimo.
Nadie
dijo que esto sería fácil. Han tenido que luchar contra la maldad
interesada buscando su deslegitimación, metiendo sal en las heridas
provocadas por la mentira y deshonestidad de un mal elemento, procurando
meter en un mismo saco de estiércol a los que pudieren tener
afectaciones como fue los que percibieron el IFE Universal y otros que,
sin duda, podrán aparecer en las próximas semanas o meses. ¡Cuando el
Diablo mete la cola hay que tener cuidado!
La
dificultad y el tesón y el deseo de muchos constituyentes han dado sus
frutos y a partir de ahora podremos comenzar a ver la creación de
aquellos que han sabido adaptarse. El proceso implicó identificar,
analizar y conceptualizar cada cosa antes de comenzar a crear y, desde
fuera, los que observamos y confiamos en el proceso sabemos que es
posible que el producto sea óptimo para nuestra nación.
Luego
vendrá el inminente proceso de desvirtuación, intentos de destrucción
que surgirán de aquellos que desde un púlpito se enseñorearán dando
clases o nuevas propuestas para introducirle mejorías al texto, y a
ellos se les dará una importancia tal que los tendremos exaltándoles
desde matinales hasta programas políticos y de farándula. Lo que no
debemos olvidar es que ellos no son los constituyentes elegidos. La
mayoría de los que fuimos candidatos y no resultamos electos estamos
llamados a cuidar del proceso y su resultado. No quisimos que nuestra
presencia en la papeleta fuera un trampolín para algo distinto. Nos
preparamos, estudiamos y nos perfeccionamos en estudios
constitucionales. Por ello tenemos el convencimiento y hemos asumido el
compromiso de cooperar y defender lo que la ciudadanía reclamó en las
calles y que, con mucha seriedad, estará en el articulado final.