La
elección ante el joven Boric hubiera sido épica toda vez que la ex
Concertación no hubiera visto con malos ojos apoyar a alguien que surgió
bajo su alero, que se declaró permanentemente de centro y lograba
converger tanto miradas progresistas como liberales. Por su parte, Kast
no vislumbraba disputar la elección presidencial toda vez que su rechazo
(cercano al 50% en todas las encuestas) hacían muy poco probable su
crecimiento electoral. Cierto, no es menor la cifra superior a los tres
millones de voto obtenidos por Kast en el balotaje, pero eso más bien
responde a una suerte de “mal menor” y evitar la llegada del comunismo
al poder que adhesión real a una derecha más conservadora: las chilenas y
chilenos son, en mayoría, más tendientes y proclives a la moderación
política.
Pues
bien, la historia ya la sabemos: las pataletas e inconsistencias de
Sichel enrabiaron al oficialismo que no tardó un solo segundo en apoyar
la opción de José Antonio Kast, en algo que más que una acción
estratégica obedeció a un despecho porque su candidato, el que ganó su
primaria, no los cotizó. De hecho Sichel, probablemente aún taimado por
la derrota en primera vuelta (donde fue cuarto tras Franco Parisi)
entregó un punteo de 9 consideraciones programáticas llamado “en defensa
de la democracia” para respaldar a Kast. Esto, qué duda cabe, más que
un apoyo terminó siendo un salvavidas de plomo para el candidato
conservador.
De ahí en más el triunfo en la
primera vuelta de José Antonio Kast sobre Gabriel Boric encendió las
alarmas de inmediato en la izquierda donde no tituberaron en reorganizar
el equipo de trabajo del candidato y este último, con una flexibilidad
que ya se la quisieran varios gimnastas, se posicionó en torno a un
discurso socialdemócrata, casi al borde de lo falangista, para
consolidar su opción a la presidencia. En tanto Kast y su equipo, si
bien intentaron hacer guiños al centro y a las mujeres, especialmente
con la incorporación de Paula Daza y Evelyn Matthei al comando, se
remitieron al relato histórico de la derecha para disputarle a Boric la
presidencia: el terror, la violencia, lo ideológico y el miedo.
Lo
que vivimos el 19 de diciembre del año pasado fue una especie de deja
vú del plebiscito del año 1988 donde mientras la franja del “Sí” era
pavorosa (y vergonzosa por lo mala y poco estratégica) la de Boric fue
una campaña que apuntó en todo momento a recuperar la esperanza, a
convocar, sumar y unir a Chile (sólo faltó el relato de “la alegría ya
viene” para haber puesto la guinda).
Esto, sumado a un trabajo territorial
impecable del comando de Boric, destacando la figura y el liderazgo de
la Dra. Izkia Siches, fueron los ingredientes perfectos para dar el
golpe a la cátedra.
Entonces,
mientras el 11 de marzo de 2022 el magallánico Gabriel Boric será
ungido con la banda presidencial, convirtiéndose en el jefe de Estado
más joven de nuestra historia, lo más probable es que tengamos a la
derecha aún en proceso de harakiri, intentando recomponer el mapa
político, buscando liderazgos que les permitan ser oposición y no
quedarse en el camino en el caso de (si es que las hubiera) elecciones
en los próximos cuatro años. Por lo pronto, y mientras la izquierda
administra espacios de poder donde lo que emane desde la Convención
Constitucional será decidor para los destinos del país, y en paralelo
esperamos que la derecha aprenda de una buena vez a hacer política y
tener vocación, hagamos que el pesimismo y la incerteza no le ganen a
los buenos deseos: ¡Feliz año 2022 para mi querida región de Magallanes,
para el equipo de profesionales y ejecutivos de este medio de
comunicación, amistades y lectores!
Que sea, Dios así lo quiera, lo mejor para Chile.