Creo
que a todos los ciudadanos, de una u otra forma, nos preocupa el
devenir de nuestro país, hechos que nos conmueven, afectan, enfadan o
alegran. Lamentablemente, desde hace ya un tiempo, observamos cómo Chile
atraviesa por un verdadero océano de dificultades y turbulencias que
lesionan su gobernabilidad casi como una navegación decididamente sin
rumbo fijo.
En
algún punto del camino nos perdimos, o al parecer, para algunos ese
mismo era el objetivo, llevarnos hacia el caos para luego obtener cierto
crédito de acción. Aunque suene increíble o extraño, mucho de eso
ocurrió frente a nuestra nariz.
La
situación no deja de ser preocupante, la opinión generalizada y a nivel
internacional así lo manifiestan cuando expresan su particular mirada y
no dejan de comparar con lo que Chile representaba hasta hace un
tiempo, de tal manera que se constituía en claro ejemplo de desarrollo y
normalidad en su política interna y externa. Por decirlo de algún modo,
proyectaba solidez y credibilidad ante sus pares.
Pasamos de ser ejemplo de estabilidad a formar parte del grupo de naciones que llevan décadas de crisis e incertidumbre.
Probablemente,
una de las peores características que exhiben estos países, es la que
tiene relación con los episodios de corrupción casi generalizados. Ese
mismo factor que esperábamos mantener bien lejos de nuestros asuntos,
hoy se ha metido en el corazón de la gestión pública como un verdadero
germen que todo lo contamina y destruye.
Si
a todo eso le sumamos la criminalidad, la violencia reinante en las
calles, la instalación del narcotráfico y crimen organizado en nuestra
sociedad, la combinación resultante es altamente tóxica para una
sociedad que aspira a un desarrollo más justo e inclusivo.
El
diagnóstico es poco alentador, y sobre esto es urgente realizar un
análisis profundo sobre el origen de estos males para el diseño de una
solución adecuada, precisa y pertinente.
Cuando
escuchamos o leemos a través de los medios de comunicación abordar el
tema, lo único que nos queda como sensación, es que se continua con el
relato del problema, y que ya está expuesto hasta la majadería pero con
pocas vías de encontrar una alternativa que nos permita avanzar una solución definitiva a la problemática que nos afecta de manera transversal como sociedad.
Probablemente
necesitamos de manera urgente discutir seriamente, con altura de miras,
con seriedad y responsabilidad según el grado de competencia.
Si
hasta aquellas instituciones u organismos que nos parecían respetables e
inviolables hoy nos sorprenden vinculadas a situaciones poco
agradables, acaparando titulares de la prensa no precisamente por buenas
acciones mostrando sus propias y profundas grietas.
No
es posible que mientras miles de compatriotas sufren por los efectos de
voraces incendios, que no sólo arrebataron sus bienes materiales sino
que también lo más preciado , la vida., existan inescrupulosos
accediendo a la adquisición de lujosos bienes y que mirados fríamente,
no tienen ninguna relevancia en el ejercicio de sus funciones.
Es
simplemente darse una satisfacción banal con recursos que ni siquiera
le pertenecen. Y lo mencionado es lo más reciente,. pero qqué decir de
los cientos de valores sustraídos por diversas formas y maneras para
incrementar ociosos bolsillos que no saben o no conocen el real valor
del esfuerzo mediante el desarrollo y compensación del trabajo
honestamente remunerado.
Nos
devanamos los sesos buscando la salida de este túnel que pareciera sin
salida, mientras alguien expresaba y con justa razón “ahora se preocupan
de cuidar el planeta, cuando lo tenemos totalmente contaminado. . “.
Nos
hace ruido tal afirmación, por cuanto no deja de tener razón. Estamos
llegando tarde con las soluciones o simplemente no llegamos.
Preocupante por cuanto lo que nos debe presionar, es el hecho de qué vamos a legar a futuras generaciones, y en qué estado.