Como
madre y abuela, una de las decisiones más complicadas en el último
periodo, ha sido el enviar o no a nuestras hijas e hijos a los jardines o
colegios. El temor a los contagios, el tener que llevarlos por un
tiempo y después no continuar con aquello por un cambio de fase en el
plan paso a paso, se ha transformado en una complicación muy grande a
nivel de familia.
No
cabe duda que el encierro cambió nuestra forma de vivir; y más aún en
aquellas familias que, con hijos en edad pre y escolar, tuvieron que
ingeniárselas para traer a casa la educación que día a día se entregaba
en los recintos educacionales, debiendo costear todas las complicaciones
que esto acarrea. ¿Por qué? porque uno como madre o padre pone los
mejores esfuerzos para educar a sus hijos, entendiendo que, no obstante a
las circunstancias, la educación será siempre algo invaluable.
A
lo último, es menester reconocer aquel esfuerzo que los profesores
hicieron para adaptarse a un sistema que, para muchos, era un verdadero
nuevo mundo. Aún así, al igual que nosotros, un gran porcentaje de
aquellos con vocación docente, son padres y madres, por lo que en esos
casos se requirió de un doble esfuerzo y una hidalguía digna de
reconocimiento.
Indudablemente,
con la llegada del año 2021, muchos apoderados veían que sus hijos
podrían asistir a sus establecimientos educacionales con “algo de
normalidad”, lo que podría traducirse en una oportunidad para recuperar
empleos, emprender y volver a esa tan lejana normalidad. Pero no ha sido
así, la incógnita sobre lo que pasará se ha instalado para no
marcharse. Preguntas lógicas como “¿están vacunados los profesores?” o
“¿se testean todos los días quienes hacen clases y están en contacto
directo con nuestros hijos?” son interrogantes que aparecen en la cabeza
de cada uno de los padres.
Lo
cierto es que la economía familiar debe mantenerse y los papás y mamás
necesitan trabajar con alguna cuota de “normalidad”, más aún en los
casos respecto a las madres que deben asumir ese doble rol al hacerse
cargo por completo de sus familias y, a mayor abundancia, trabajar.
Pero
aún así, en todo hogar, las principales preocupaciones desembocan en la
seguridad sanitaria familiar, entendiendo que nuestros propios hijos e
hijas podrían convertirse en potenciales transmisores del Covid – 19,
representando un riesgo no solo para quienes viven con él, sino también
para los adultos mayores cercanos y, en general, la población, pudiendo
derivar, por más duro que suena, en consecuencias fatales.
Hace
algunos días, en una entrevista radial, traje a la palestra de
conversación esta disyuntiva, entendiendo que se debe tomar con seriedad
y altura de miras la discusión, pues los argumentos sobran para decir
que NO a las clases presenciales; pero también existe otro universo de
ideas para poder decir que SÍ al retorno a las aulas.
Debemos
ser cautos, priorizar y entender que mientras no exista cura efectiva
deberemos aprender a convivir con esta pandemia que no nos da tregua
alguna. Será decisión familiar el determinar si envía o no a sus hijos a
los colegios, contraponiendo cada una de sus necesidades y atendiendo a
su propias realidad, pues lo más importante hoy es la salud y comodidad
de nuestros niños.
Tengo
la certeza en que el avance de la vacunación en nuestra región seguirá
por un buen camino, donde hoy somos los líderes en la campaña de
vacunación contra el covid-19 con un 40% de la población magallánica
vacunada, contribuyendo a que existan muchas más garantías de
protección, un número mayor de profesoras y profesores vacunados, más
población de riesgo resguardada y que las madres y los padres, el día
que decidan retornar un poco más hacia la “normalidad”, no deban cargar
con tan complejas interrogantes.