Retorno a clases y adaptación

Volver
a clases es un proceso que cada año toma lugar al inicio del mes de
marzo y que involucra, claramente, a todo el sistema educativo.
Escolares y universitarios deben retomar la rutina de estudios con
clases presenciales, con evaluaciones estresantes y con la dinámica del
trabajo sistemático en diferentes cursos y asignaturas del año lectivo.

Si
bien es cierto, este es un proceso que se espera y que, por ende, tanto
padres como estudiantes son conscientes de que marca el término de las
vacaciones de verano, también es cierto que genera sentimientos de
rechazo que se traducen en la negación del retorno, la añoranza de los
buenos momentos con amigos o de los viajes realizados a distintos puntos
de recreación y del anhelo por una prolongación de las vacaciones y de
la demora en el comienzo del primer día de clases. Esto solo puede
significar una cosa: el verano se ha ido y marzo ya está aquí.

Y
es que el retorno, aunque necesario, genera sentimientos de malestar en
la población escolar y un estrés financiero para los padres que deben
costear uniformes y útiles escolares, junto con otros gastos que
concurren en el mismo período. Un escenario ideal que se suma a los
embotellamientos provocados por la dinámica del ingreso a tiempo a las
clases en la mañana, los atrasos imprevistos y el alto flujo vehicular
al inicio de la jornada.

Sin
embargo, en este panorama de retorno poco alentador para la mayoría,
también se encuentra el reencuentro con los compañeros, la dinámica del
aprendizaje y lo gratificante que pueden llegar a ser los tiempos de
esparcimiento y recreación que forman parte de la etapa escolar y de la
formación universitaria. El panorama, bajo esta perspectiva, no es del
todo aciago.

El
retorno a clases, si bien se asocia a sentimientos negativos que
propician rechazo y malestar general, también produce seguridad del
orden de estado de cosas, una sensación de estabilidad frente al curso y
progreso de la vida, un crecimiento en las distintas etapas del
desarrollo vital de niños y jóvenes, la distribución de las
responsabilidades -o corresponsabilidad- en la crianza y formación por
parte de la alianza familia-escuela, lo cual disminuye la carga de los
padres y apoderados, y el cumplimiento gradual de las metas que cada uno
pueda tener. En un escenario en el que disfrutar y estar libre de las
responsabilidades académicas genera goce y bienestar, es difícil
vislumbrar el retorno a clases como algo necesario y que a la larga se
traduce en el desenlace correcto del futuro de cada uno. Esto puede
significar también una cosa: el inicio de clases es un nuevo comienzo
que hace bien, aunque no se comprenda.

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