El
destino me lleva a Temuco, ciudad universitaria. Debo recurrir a
grandes tiendas para someterme al ritual del capitalismo y debo comprar.
Ellas son las catedrales del neoliberalismo, del cual no se escapa ni
el más detractor del sistema. En ellas se debería practicar el arte de
vender el 150%. Entras por una polera y sin darte cuenta sales vestido
de pies a cabeza, pero no es así. ¿En que falla el sistema? Para esto
aislemos el factor “cliente chileno”.
Concurro
a la tienda que me agrada porque tiene de todo y su tarjeta es
benevolente, lógicamente manteniendo precio contado y sin intereses.
Me
dirijo al servicio al cliente para pedir una copia de la tarjeta (la
original no la tenía y había buenos precios). La ejecutiva que atiende
nunca mira a los ojos, salvo al final. Alguien dirá que no hay mucho
que ver en mis ojos, pero una de las premisas en la atención de público
es hacerlo, para evidenciar el interés por la persona a la que atiende.
Su tono de voz no es amable, siento que molesto.
Después,
elegimos varios productos y concurro con ellos a caja. La jefa de caja
me dice que si pago con tarjeta puedo pasar por el sistema de
autoservicio. Otra vez siento que molesto, y explico que como son
varios productos quiero que me atiendan en caja. Esta actitud ya es
contradictoria, porque sabemos que las cajas de autoatención provocarán
el despido de cajeros y jefes respectivas. No tiene lógica que lo
fomenten. Es como si un comerciante mande a los clientes a comprar al
local de enfrente.
Ahí
entra en escena Javiera, la cajera que no es cajera. pero tiene un don,
es amable. A pesar de sus limitaciones por no ejercer habitualmente ese
puesto, y por la confusa forma de pago del columnista, ella consulta y
resuelve con amabilidad y paciencia. Lamentablemente la jefa de caja
debe enviarme a una caja de enfrente por comprar un artículo eléctrico,
donde solo ellos tienen los códigos. En el otro mesón me tramitan
porque se cayó el sistema, pero el joven resuelve a los tres minutos, al atenderme en la caja vacía de al lado.
El
Pymes no puede darse el lujo de atender mal, debe vender y sobrevivir.
Debe buscar la forma de agradar a sus clientes y vender esa cuota extra
gracias a las artes de la venta que en antaño enseño el Liceo Comercial
en Punta Arenas. Y por otro lado, el desafío de todos los empleadores,
es saber compensar a sus trabajadores (as), porque gracias a ellos
logran lo que tienen. Si llega a tus filas una Javiera o colegas
extraordinarias como las que trabajan conmigo, deben buscar la forma de
compensarlas y brindarles un grato ambiente de trabajo, que sientan que
son valoradas. Como dice Daniel Goleman, experto en coeficiente
emocional, se sientan motivadas y felices, logrando así su máxima
entrega. Dicho sea de paso, Feliz Día de la Mujer anticipadamente, y
gracias por tanto a las mujeres de mi familia y a quienes me rodean, excepto a la jefa de caja.