Los últimos acontecimientos sucedidos en Santiago y otros puntos del país no dejan indiferente a nadie, son lamentables y tristes. No comparto en absoluto la violencia, saqueos y daños a la infraestructura pública, esto es del todo condenable, para no dar pábulo a confusiones o interpretaciones equivocadas. Se debe distinguir con objetividad en este conflicto social dos planos bien claros, los hechos ya descritos y la protesta social pacifica legítima, que no debe esconderse fijando la vista, el pensamiento y las ideas solo en la violencia y los desmanes. La protesta social, que hemos visto constituye la crisis institucional y política más grave desde la recuperación de nuestro sistema democrático, post dictadura, esta manifestación social no tiene precedentes recientes la cual obedece a un cúmulo de factores, que fueron fraguando esta ebullición social que explotó. La desigualdad – la inequidad – los abusos – los desatinos – el clientelismo político – la pérdida de confianza en las instituciones – la seudo oligarquía política – las prebendas – el tráfico de influencia – los sueldos de los parlamentarios (podríamos seguir). Una falta total de ética social. Todas estas disfunciones sociales fueron conformando un cóctel para esta suerte de rebelión popular. La obligación de todos es leer con cuidado y delicadeza que hay detrás de esta olla de presión que reventó. Obviamente que el orden público constituye un basamento necesario, que debe lograrse con el menor grado posible de afectación a los derechos civiles. Pero no es la única tarea que debe enfrentarse, la mayor tarea es reconstituir los valores de un verdadero “contrato social”, que en el caso de Chile se rompió producto de la desigualdad – el abuso y las personas se cansaron cayendo en la desesperanza. Tanto el Gobierno, la Oposición Política y los Poderes Legislativos y Judicial, deben hacer una profunda reflexión acerca de los hechos suscitados, que se fueron replicando en diferentes puntos del país. La mayor responsabilidad recae en el sistema político que ha sido indolente e ineficiente para brindar las soluciones que la ciudadanía espera, actúan en base a encuestas e impulsos populistas, buscando sobretodo sin mayores excepciones la visibilidad y exaltación de los egos personales. Con toda objetividad se puede afirmar que el manejo del Gobierno, anterior y posterior a la crisis, ha sido errático, confuso y sin atender a los problemas de fondo, fijando su preocupación solo en los desmanes. Son tiempos que requieren hacer dos cosas al unísono preocuparse por el restablecimiento del orden público y también de los problemas de fondo que causaron esta ebullición. A mi juicio el mayor y mejor performance, muy por sobre otras autoridades, lo ha tenido la política Carla Rubilar, quien con un tono conciliador y asertivo ha conjugado las tareas inmediatas y simultaneas (el orden público y el fondo del asunto). La oposición tampoco debe sacar cuentecillas alegres o réditos baratos, porque la crisis de inequidad o de injusticia social se ha ido construyendo, acumulando e hirviendo desde hace rato en gobiernos de ambas veredas políticas. Muchas voces han dado su opinión en torno e esta crisis de social, el empresario Andronico Luksic, “Leo el cansancio por no ser escuchados, la indignación por los abusos”, también se refirió a “la desconexión de la clase empresarial, la ineficiencia de la clase política”. Añadió “la clase política puede resolver las pensiones, la educación, la salud y el transporte público. ¿Qué esperan? Muchos compatriotas ya no pueden esperar, y los que podemos, tendremos que ayudar a pagar la cuenta”. Por su parte la destacada periodista Mirna Schindler, expresó: “Por años hemos hablado de quitarle presión a la olla social, evitar las condiciones que podrían generar un estallido. Muchos se burlaban. Otros hacían la vista gorda. Un sector lo veía venir. Pero nadie imaginó que llegaría con tal envergadura”.