Seguimos a la deriva

Pasado
más de un año de gobierno del Frente Amplio y del Partido Socialista es
posible afirmar sin duda alguna que se desconoce el rumbo de la acción
gubernamental. Si hoy nos preguntáramos hacia dónde el gobierno conduce
al país, la respuesta sería que no es posible saberlo. Desde el retorno
de la democracia todos los Presidentes le presentaban al país una hoja
de ruta y actuaban en consecuencia. Por supuesto se producían cambios en
los programas producto de factores exógenos, como el terremoto de 2010
que significó una alteración de las prioridades de la primera
administración de Piñera. Sin embargo de alguna manera se conocía lo que
el Presidente correspondiente quería para el país. En términos más
pedestres, La Moneda manejaba la agenda política e imponía sus términos.
En el país existía una cierta seguridad, una seguridad relativa, que el
Presidente tenía el control de la administración. En esos treinta años
Chile avanzó como nunca en su historia, lo que ciertamente produjo
malestares en la población. Estos males sin embargo, dicen relación no
con el sistema social y económico imperante, sino con el hecho que los
beneficios que ha traído el modelo de desarrollo no ha llegado a todos
los sectores del país. De otra manera, sin abjurar del todo del modelo,
requerían que de los éxitos económicos también participaran todos.

Al
llegar al poder, también llegó con Gabriel Boric la promesa que el
desarrollo llegaría a los sectores más desposeídos. Promesas como la
terminación del Crédito con Aval del Estado fue una importante bandera
de campaña. Por fin llegaría un gobierno progresista y con conciencia
social, que haría carne el concepto de justicia social. Boric lo
cambiaría todo
para mejor, dejando atrás
años de injusticias y miseria, según la mirada de los actuales
gobernantes. Hoy vemos que estas promesas y tantas otras hechas no sólo
no se han cumplido, sino se advierte que es prácticamente imposible que
se cumplan. Vaciado de contenido el programa de gobierno, el país parece
sumido en un viaje sin destino conocido.

A
todo lo anterior, el error histórico de pensar que nada había que hacer
sino hasta después del 4 de septiembre del 2022, nos está pasando la
cuenta en términos sociales. La gran irresponsabilidad de no gobernar
por seis meses un país, es algo inédito en Chile. Y para mayor complic
ación,
los partidos políticos a cargo del país nos siguen diciendo que sólo
con una nueva Constitución se comenzarán a arreglar los problemas
esenciales del país. Esta es una segunda gran irresponsabilidad que a
esta altura de la vida, deviene en una conducta dolosa, es decir,
conocedora del inmenso daño que se le está haciendo al país. Entretanto,
la inflación, el desempleo, la aguda inseguridad están haciendo mella
en el tejido social. Y el Presidente parece incapaz de fijar un rumbo o
un puerto donde podamos resguardarnos.

Como
una embarcación que es movida por las olas de alta mar sin un timonel
capacitado, el país cruje con cada ola de la mar océano. Hemos sostenido
en anteriores columnas y se sigue sosteniendo hoy, que no se trata de
la juventud del Presidente y de sus asesores, sino se trata que estos
quieren amoldar la realidad a su visión ideológica. Y si la realidad no
se ajusta al molde de sus ideas, mal para la realidad porque para ellos
el manual es lo que sirve.

Quizás
esta falta de capacidad gubernativa anidada hoy en La Moneda tenga un
segundo remezón el 7 de mayo, cuando el país deba elegir a los
consejeros constitucionales que redactarán un nuevo texto
constitucional.

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