Semana Santa 2024

Con
la entrada de Jesús a Jerusalén comienza la Semana Santa. Un tiempo de
gran densidad para los que creen que Jesucristo es el Mesías, el
Salvador. Quien lee el relato de la Pasión, muerte y resurrección del
Señor percibirá un drama sin igual. Es el drama de una lucha muy
poderosa entre las fuerzas del mal y el amor de Dios manifestado en la
entrega de su Hijo por cada uno de nosotros. Entrega de muerte, radical.

Conmueve
el relato de la Última Cena dónde instituye la Eucaristía y nos dice
que ese pan y ese vino son su Cuerpo y su Sangre, es decir su Persona
que nos acompañará hasta el fin de los tiempos. Impresiona el gesto del
lavado de los pies a sus discípulos. El hijo de Dios, el que pasó
haciendo el bien realiza un trabajo propio de los esclavos, lavar los
pies. Lo hace para recordarnos que nuestra vocación más genuina es el
servicio a los demás. Él es ejemplo da humildad, para que nosotros
hagamos lo mismo cumpliendo el mandamiento de amar a los demás como Él
nos ha amado. Allí está la gran novedad del cristianismo: el hombre
encuentra su propia vida y su sentido en la medida de que es un “ser
para los demás”. Llama la atención la incomprensión que suscita esta
entrega por parte de Pedro, que prometiendo que lo seguirá dónde él vaya
lo reniega tres veces y la actitud de Judas que literalmente lo
traiciona. Esta ruptura de la amistad sigue presente en la Iglesia,
donde una y otra vez se encuentran personas que toman “su pan” y lo
traicionan. Como dice Pascal “El sufrimiento de Jesús, su agonía,
perdura hasta el fin del mundo… En aquella hora, Jesús ha tomado sobre
sus hombros la traición de todos los tiempos, el sufrimiento de todas
las épocas por el ser traicionado, soportando así hasta el fondo las
miserias de la historia”.

Jesús
tiene clara conciencia de que lo que no es asumido no es redimido. Es
por ello por lo que carga sobre sí todo el pecado del mundo, todas
nuestras miserias, todas nuestras pequeñeces. El mal tiene que ser
eliminado y para ello Él lo hace suyo, lo experimenta en carne propia,
al punto de que llega a plantearse que ha sido olvidado por su Padre.
Cuántas veces nosotros mismos no hemos tenido la sensación de abandono
por parte de Dios. Jesús bebe el cáliz de todo lo que es terrible y así,
mediante la grandeza de su amor a través del sufrimiento transforma la
oscuridad. En este contacto con la suciedad del mundo, esta es realmente
absorbida, anulada, transformada mediante el dolor del amor infinito. Y
puesto que en el Hombre Jesús está el bien infinito, ahora presente, se
convierte en fuerza antagónica al mal; el bien es siempre infinitamente
más grande que toda la masa del mal, por más que esta sea terrible.

La
razón de la entrega de su amor sin límites hunde sus raíces en el amor
que tiene por cada ser humano. San Pablo dirá, y con propiedad lo
podemos decir cada uno de nosotros, “me amó y se entregó por mí”. Hoy,
la Iglesia nos da esperanza de que la muerte, el odio, la división y la
mentira no son la última palabra sino que la vida y la paz. Con justa
razón dice el Salmo 16 “no abandonarás mi vida en los infiernos, ni
dejarás a tu fiel ver la fosa. Me enseñarás el camino de la Vida”.

Semana
Santa se convierte, por tanto, en aire fresco para nuestras vidas y una
ventana para mirarla desde la esperanza. No estamos solos, Dios nos
acompaña. Mirándolo a Él, contemplando su vida, su pasión y su muerte
podemos renovar nuestra fe, nuestra esperanza y, sobre todo, nuestra
caridad. Sobre todo podremos liberarnos de una actitud pesimista de la
historia y emprender la ruta de la historia como historia de salvación

El
cristianismo no es una ética, no es una ideología, es sencillamente una
historia de amor entre el hombre que quiere olvidarse de Dios o vivir
como si no existiera y Dios mismo que nos atrae hacia sí, porque nos
ama. Y lo hace, dándose. Quienes creemos en Jesucristo sabemos que nada
nos va a separar del amor de Dios y que estar atentos a su voluntad, a
pesar de nuestras debilidades, pequeñeces y pecado, es la fuerza que nos
anima a vivir día a día, a anunciarlo a Él hasta que vuelva. Ante esta
magnífica propuesta qué absurdo resulta en Semana Santa poner atención
al precio del pescado, a dónde comprar huevitos, a las promos del fin de
semana largo y a cuántos autos saldrán de la capital.

Mi invitación es volver al centro de esta semana santísima que nos devuelve la esperanza y nos ilumina la vida.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS