Por
estos días, quienes sustentamos principios cristianos y que de una u
otra forma tenemos conocimiento del sublime acto de redención llevado a
cabo en favor de la humanidad, en esta fecha hacemos una renovación de
nuestros votos y de la fe que profesamos en la persona de Cristo Jesús
como el salvador y quien expió nuestras culpas mediante la muerte en el
calvario.
Haciendo
un poco de historia, recordamos que la crucifixión fue un método
adoptado por los romanos y que lo utilizaron como la forma dolorosa y
degradante de pena capital del mundo antiguo y utilizado para quienes se
consideraban enemigos del Estado.
Originalmente
la cruz era una estaca de madera puntiaguda que se utilizaba para
levantar fortalezas alrededor de una ciudad. Otros, asirios o persas las
utilizaron para exhibir las cabezas de sus enemigos capturados en
crueles combates. Los griegos y romanos en ocasiones reservaban el
castigo solamente para esclavos, considerando demasiado barbárico para
ciudadanos nacidos libres.
Con
el pasar del tiempo, la crucifixión fue siendo utilizada como fuerza
disuasiva para la actividad criminal, de modo que para la época de Jesús
era común.
Existiendo
varios tipos de cruces, la que correspondió a Jesús al parecer fue la
latina, con una viga cruzada. Jesús mientras desarrolló su ministerio,
predijo en ocasiones su crucifixión. Tales aseveraciones están
mencionadas en los evangelios. Esa afirmación guarda relación con el
acto de redención que Jesucristo debía cumplir a objeto de hacer la
voluntad de Dios Padre. Propósito generado incluso, antes de que el
mundo se conociese de esa manera.
De
verdad que no es fácil explicarse este misterio tan insondable y que
resulta toda una obra expiatoria en favor de hombres y mujeres, quienes
estaban estigmatizados por la desobediencia de Adán y Eva. Pablo el
Apóstol, en uno de sus tantos escritos señala que “Jesús murió por
nuestros pecados conforme a las escrituras…”.
Tres
conceptos teológicos saltan de esta declaración: Jesús presentado como
nuestro sustituto, la muerte y resurrección como cumplimiento de las
profecías, para finalmente relevar la reivindicación y exaltación de
Jesús llevada a cabo por su padre Dios. La cruz sigue siendo vista como
un elemento negativo a la vista de todo cristiano, pero surge también un
sentido de unidad entre judíos y gentiles, permitiendo derribar muros
intermedios de separación y generar de los dos un solo cuerpo. Lo que
produce la paz al crear un nuevo acceso al padre.
Jesús
en su sabiduría le dio sentido a este elemento; Como símbolo del real
discipulado por parte del creyente, autonegación tomar su cruz y
seguirle. Sometimiento total a Dios.
La
paradoja cristiana se configura en que la muerte es el sendero a la
vida, ratificado por Pablo cuando dice: “para mí el vivir es Cristo y el
morir es ganancia”. Cristo vive, venció la muerte con Poder y hoy reina
para el rescate y remisión de nuestras culpas, y la esperanza gloriosa
de que un día vuelve en gloria y majestad a buscar a los redimidos por
esa sangre preciosa derramada en el madero de la cruz.
Durante
estas horas, y en medio de las diferentes expresiones, rituales y
conmemoraciones cristianas, nos resulta fundamental recordar no perder
de vista ese significado espiritual que nos deja el recordar la vida de
Jesús. Así, se nos presenta la oportunidad para reflexionar sobre los
valores humanos que nos inspiran a diario como la generosidad, el amor o
la humildad que se constituyen como una verdadera guía en el camino de
la vida.