Muchos de nosotros, la gran mayoría de las grandes mayorías chilenas, muchas veces ha despertado, dado gracias a Dios por estar y seguir vivos.
Y, agradecidos de ese regalo divino que es la Vida, desde que nuestros padres y madres nos concibieron, en un acto de amor y entrega el uno al otro, hemos prometido tratar de ser buenos cristianos.
Pero no es fácil seguir los pasos y las enseñanzas del Hijo de Dios hecho hombre, nacido en un humilde pesebre de Belén, en la ya ensangrentada Palestina.
Sabemos que no es fácil amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y que tampoco lo es ser el primero en servir y el último en ser servido.
Menos aún, perdonar a los que nos ofenden o mienten acerca de nosotros y de nuestras familias y amigos, sin recato alguno porque no buscan construir sino más bien, destruir con mentiras, insinuaciones malévolas casi diabólicas aquello que, con muchos, hemos levantado con Amor y buenas intenciones, eludiendo ser el primero en lanzar una primera piedra en más de alguna moderna lapidación, más terrible que el drama del castigo a la adúltera bíblica.
Y esta modesta reflexión, porque espero que reflexionemos, que conversemos y nos abracemos como hermanos chilenos, como magallánicos, decepcionados por tantas promesas incumplidas, por tantos engaños, por tantos gestos y sonrisas hipócritas, pero que, pese a todo, conservamos la Esperanza, la reforzó la conmemoración de las Iglesias Protestantes de Magallanes, del compartir con pastores de apariencia modesta, pero ricos en conocimiento del Libro de los Libros; de los Evangelios, de los Salmos y del Apocalipsis, al parecer tan cercano ya.
Estoy muy agradecido de tanta enseñanza recibida, de ejemplos de vida y actos solidarios con los más pobres, que se extienden hasta Kenia, en el continente africano, pero que están, también, en los pasillos de nuestro Hospital Clínico, con las Damas de Blanco y los pastores que visitan a quienes están con problemas de salud,, en los aportes en alimentos o vestuario o medicinas, pero por sobre todo, en la tibieza de un apretón de manos, en un abrazo afectuoso, en una oración por cada uno de nosotros y por nuestras familias, por nuestra ciudad, nuestra Patria, por la Humanidad y una petición a Dios, con voz segura, respetuosa y sincera para que el Supremo Hacedor, nuestro Padre Celestial, NOS BENDIGA A TODOS…