La pobreza es una tarea
pendiente e incluso, es un concepto sin resolver. Para algunos es la
falta de bienes y servicios; para otros es la carencia; algunos
mencionan que es la incapacidad de satisfacer las necesidades básicas de
los hogares y en la actualidad es la falta de competencias para subir
en la escalera del progreso que viene de la mano del mercado.
Estas
múltiples definiciones llevan a que las estrategias llevadas por los
distintos grupos sociales -me refiero a los países- sean muy diferentes.
En Chile,
nuestra historia comienza con una mirada basada en los ingresos. Es con
esto que a finales de la década del 70 se instaura un mecanismo de
caracterización socio-económica, llamado la ficha CAS. La idea detrás de
este mecanismo, se basa en la optimización de los recursos públicos, es
decir, la ayuda estatal debe encontrarse encausada a sólo un sector de
la población que cumpla con los requisitos que previamente fueron
instaurados en dicha ficha. Es con esto que surge una especie de puntaje
que deben cumplir los hogares que deseen, o mejor dicho, que merezcan
recibir ayuda del Estado.
Esta
noción de política pública no es nada nueva, de hecho, surge en los
escritos de Smith en 1776, que indica que sólo los grupos más
desfavorecidos y que se encuentran incapacitados de sustentarse por sus
propios medios, son los únicos que deben ser ayudados por el Estado.
Para algunas personas esta definición es egoísta y caracteriza la
esencia del libre mercado. Pero afirmar aquello es desconocer el entorno
que rodeaba a Smith en el siglo XVIII y que podemos tratar en una nueva
columna.
Pero
bien, la instauración de una discriminación en las transferencias
sociales del Estado no está nada de mal, de hecho, tiene lógica el
pensar que los menos desfavorecidos por parte del sistema deban ser
ayudados para salir de los segmentos más bajos de la sociedad.
Entonces, ¿dónde está la trampa?
La
trampa se encuentra en lo que ya hemos indicado, en los mismos
ingresos. El pensar que los ingresos son la causa de la pobreza lleva a
que la solución sea muy sencilla y es: darles dinero a las familias más
desfavorecidas por el sistema.
Es
con esto que las políticas públicas que buscan erradicar la pobreza
caen en la trampa de las transferencias sociales. Es cómodo e incluso
práctico para la clase política utilizar este placebo a corto plazo.
Pero la verdad es que no cumple con el propósito.
La
ficha CAS tuvo un impacto profundo en nuestra sociedad, de hecho, luego
de 43 años de su implementación aún existen hábitos y costumbres por
parte de los hogares que se encuentran vinculados a esta ficha. Su
reemplazo recién llega el año 2008 por medio de la Ficha de Protección Social que trataremos en una nueva columna.
Pero en definitiva, la pobreza sigue siendo una tarea pendiente.