En
los últimos días muchos medios extranjeros dieron a conocer que el Papa
Francisco emitió unas polémicas declaraciones (para algunos
homofóbicas) dentro del marco de una reunión privada en la asamblea de
la Conferencia Episcopal Italiana, instancia que en esos momentos
debatía sobre la admisibilidad de personas homosexuales en los
seminarios. Al darse a conocer los dichos del líder de la Iglesia
Católica, desde el Vaticano emitieron un comunicado a nombre del sumo
pontífice de 87 años de edad ofreciendo las disculpas respectivas y
aludiendo a que el Papa no buscaba ofender, por el contrario,
reflexionar y comentar la coyuntura en un tono plausible.
Primero,
las palabras y disculpas correspondientes fueron amplificadas a través
del director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, don Matteo Bruni.
Sin duda, el fondo del “conflicto” tiene relación con una idea acuñada
por el Papa mediante la asamblea de la Conferencia Episcopal Italiana,
lugar donde este habría aseverado que a los hombres homosexuales no se
les debería permitir ingresar a los seminarios para el sacerdocio,
precepto conservador, homofóbico y anticuado para muchos estudiosos del
fenómeno religioso a nivel mundial, incluso, para un segmento de
feligreses que adhieren a la tradición religiosa católica y mantienen
ideas progresistas. Al parecer, la palabra italiana que habría utilizado
el Papa fue frociaggine, lo que se traduce al español como “mariconeo” o
“mariconería”, según expresó la BBC. Por otra parte, para muchos esta
situación refiere que todo ello sería una “ironía” propia del lenguaje
humano, de una discusión a puertas cerradas que no tenía por finalidad
todo lo sucedido, ya que debemos recordar que fue el propio Francisco
quien ha mostrado sistemáticamente una opinión más liberal respecto de
la homosexualidad, más aún, fue en el último tiempo que aceptó bendecir a
parejas del mismo sexo, una acción que dejó entrever sus “colores”
políticos, ideológicos y teología a la cual adscribe, probablemente, una
muy alejada de la ortodoxia católica propia del medioevo.
Segundo,
cuando el Papa fue consultado al inicio de su papado acerca de los
homosexuales, su respuesta fue tajante “¿Quién soy yo para juzgar?”.
Dichas líneas calaron en la espiritualidad católica con un tinte
emancipador, aunque no son pocos los que ven en la religión de Roma una
especie de dogma y tradición que debe mantener rigurosamente su
dimensión “tradicional”, donde los valores suscritos sean los del mundo
de la patrística, o sea, de los padres de la iglesia, cuyos elementos
son de un corte moderado y conservador en términos generales. Por otra
parte, cabe señalar que los defensores del Papa han alegado que a veces
el sumo pontífice comete errores en ciertas expresiones coloquiales del
idioma italiano, por tanto, nunca tuvo el deseo de ofender a nadie en
particular. Ahora bien, claramente las aprensiones del Papa Francisco
coinciden con la postura indicada en la instrucción del dicasterio del
Clero del año 2005, que a posterior fue confirmada en el 2016, aquí se
expresa lo siguiente: “la Iglesia no puede admitir en el seminario y en
las Sagradas Órdenes a quienes practican la homosexualidad, tienen
tendencias homosexuales profundamente arraigadas o apoyan la llamada
cultura gay”.
Sin
duda, las preguntas que surgen dado todo lo esbozado son múltiples, por
ejemplo, ¿realmente el Papa se “equivocó” en lo que deseaba expresar?
¿el grueso de la Iglesia católica tolera la homosexualidad en sus filas
sacerdotales, o bien, es una pretensión propia y exclusiva de Francisco?
¿es la religión católica discriminatoria en términos de orientación
sexual? Las palabras plasmadas por el Papa Francisco no pasan
desapercibidas, sin embargo, la discusión es mucho más profunda de lo
que pensamos, se enraíza en un debate de ideas e interpretación bíblica
teológica, una que para muchos, está plenamente abierta, sesgada y con
dolores de parto por validar una teología al estilo siglo XXI,
progresista, liberal y pseudotolerante en el ejercicio y voto
sacerdotal.