Columna / Análisis / Nelson Cárcamo Barrera Profesor
Un hecho que se generó en la
sierra peruana, hace exactamente 135 años y en donde un grupo de valerosos
soldados, liderados por quien no dudó ni un solo instante en afrontar las
circunstancias tal como se presentaban, no imaginó jamás y menos las
generaciones venideras, hasta hace algún par de años atrás, que la ceremonia
solemne del juramento a la bandera, provocaría en el lugar más recóndito y
austral del país, el traslado desde diversos puntos del país; de padres, madres
y familiares de jóvenes soldados para
presenciar el acto solemne de juramento en honor de aquel emblema por el cuál
ellos ofrecieron en sacrificio, sus vidas.
La historia nos señala de que
forma transcurrió la batalla, la desigualdad de las fuerzas, el abatimiento por
parte de la compañía. . . pero también nos comenta de la bravura, la valentía
del espíritu, de unidad y lealtad asumida por parte de todos los integrantes y
a los que se sumaban con el arrojo que les caracteriza, las mujeres que les
acompañaban. Todo en sí, conformaba el escenario propicio para montar y
expresar la escena más sublime del arrojo y valor de nuestros soldados en
tierra extranjera.
Cabe mencionar que quienes
lideraban al momento del asalto al cuartel, tenían un promedio de edad que no
superaba los 22 años; Cruz-Martínez no cumplía aún los 16. Pero el compromiso
asumido con la patria, sus valores, tradiciones y el amor incondicional a esa
bandera que flameaba en la humeante torre de la vieja y acribillada Iglesia;
era el aliciente permanente que mantenía viva la esperanza y las fuerzas, que a
decir verdad, en algún momento amenazaban con abandonarles. Pero ni aquello, ni
menos el enemigo, lograron doblegarles. Las continuas intimidaciones para
rendirse, ofreciéndoles respetar sus vidas no cautivaron en ningún momento su
interés por sucumbir al ofrecimiento del enemigo, por sobre todo, estaba el
honor; y aquello., desde Caupolicán, Fresia, Lautaro y Galvarino, se vende a un
muy alto precio.
Por lo tanto, lo experimentado
por los familiares de aquellos (as) que sellaron con su juramento la lealtad y
disposición a servir a la patria, deben sin lugar a dudas retornar a sus
hogares, con un dejo de satisfacción y orgullo por lo presenciado.
Este 9 de julio, pasa a
incorporarse al álbum de los recuerdos familiares, pero con una connotación
distinta, diferente y que vincula todo un acontecer histórico, social y en
donde el hijo, la hija, nieto (a) asume un rol protagónico. Y seguramente, ha
de constituirse en el tema obligado de las conversaciones íntimas y familiares
destacando todo lo experimentado en las horas que permanecieron en la región
más austral del país.
Creemos y sin lugar a
equivocarnos, que el Ejército de Chile ha dado muestras claras y convincentes,
que continúa en la senda señalada por el prócer y en donde en ocasiones
señalará el objetivo de la institución militar en tiempos de paz: Servir a la comunidad prestando todo a su
alcance para contribuir a su desarrollo. Hoy., bajo el flamear de la tricolor,
ondeada por el viento austral y en el
eco que perdura en el ambiente de esas voces que fuerte y claro juraron por
Dios y por esa bandera, servir fielmente
a la patria, no importando el escenario
que corresponda hacerlo; se renuevan las
esperanzas y confianzas en quienes asumen esa responsabilidad sublime de ser
soldados valientes, honrados y por sobre todo hasta rendir la vida si fuese
necesario. . . gracias al Ejército por
provocar el reencuentro de padres e hijos en el marco de ésta solemne ceremonia
dedicada a la bandera.