Sin mascarillas

Comenzaremos
octubre sin mascarillas. Excepto, en los hospitales y en el Congreso,
porque nuestra clase política las sigue usando a diario, ya no se sabe
con certeza si el centro está en los amarillos por Chile, si la derecha
es derecha o derecha social, si la izquierda es centro-izquierda,
quienes reniegan o aprueban sin complejos los últimos treinta años o se
adaptan a ellos a regañadientes, excepto el Embajador de España, que aún
sostiene que los últimos treinta años profundizaron las desigualdades,
se ha hecho todo tan confuso que el lenguaje de lo políticamente
correcto cambia a diario. Con todo, algunas verdades es posible extraer
en aquellos escasos momentos en que uno que otro menos avezado o más
audaz se saca la mascarilla y deja entrever sus auténticas intenciones.
Así, ya surgen las primeras voces que aclaran, el rechazo no era para
hacer una nueva constitución, sino para conservar lo fundamental de
aquella que nos rige desde 1980, para ella nada mejor que encomendar el
trabajo a un grupo de expertos, a los sumos sacerdotes del derecho
constitucional, a cuyos ojos escapa la realidad social para discurrir
sobre las abstracciones de la vieja democracia occidental, que hoy hace
crisis entre los espasmos de la guerra, la amenaza nuclear, la
inflación, la crisis energética y de los sistemas de protección social,
propios del Estado de Bienestar.


Los expertos nunca en la historia de Chile, han caminado hacia el
cambio social, no fueron formados para eso, salvo una que otra
excepción, su conservadurismo genera las suspicacias de todo un sector
social que esperaba algo más después del estallido social. En realidad
tienen razón quienes sostienen que es mas fácil hacer una Constitución
desde el rechazo, porque éste no cambiará nada sustancial y esto
siempre es más fácil que atreverse a algo nuevo. Como no se ha
descubierto un sistema mejor que la democracia lo razonable es aceptar
los resultados, respetarlos y acatarlos, porque el país tuvo su
oportunidad y mayoritariamente al votar adoptó una decisión y como
ocurre en todo orden de cosas, es más fácil tomar una decisión que
aprender a vivir con ella. En eso está el Gobierno, en el difícil
camino de asumir la derrota y lo está haciendo con dignidad, cohabitando
a diario con los partidos y partícipes de los últimos treinta años de
los cuales renegó, a quienes atribuyó, traiciones, deserciones y toda
suerte de prácticas neoliberales inconsecuentes con la fe
revolucionaria.


Nuestra nobel generación gobernante ha tenido problemas de
gobernanza, porque muchos de ellos acostumbrados a la política
universitaria, han actuado sin mascarillas, sin ocultar intenciones, eso
encandila a muchos pero asusta a las mayorías, no ha sabido controlar
impulsos y tender los puentes necesarios que requiere el diálogo
intergeneracional. El Presidente Boric, ya actúa como un converso,
acompañado de su Ministro de Hacienda, ha salido a calmar a los
inversionistas, debiendo aceptar que el crecimiento es un prioridad,
sino nada tendrá para repartir, para ello deberá sacrificar muchas de
las promesas medioambientales y dejar en el baúl muchas de las
propuestas de su vanguardia postmoderna, quienes deberán conservar sus
mascarillas o aprender a mantener la boca cerrada, para que no continué
éste siendo el Gobierno de las disculpas y aclaraciones.

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