Sin palabras

Dicen
que las palabras no solo sirven para expresar el pensamiento, sino que
lo generarían. Eso afirman al menos algunos connotados lingüistas.
Especulando sobre esta tesis, en un abuso de interpretación, hasta
podríamos pensar que uno de los Evangelios da en el clavo en este punto:
“al principio era el verbo” –dice Juan el Evangelista (1, 1-18)
refiriéndose a Jesús, portavoz de su Padre–; aunque en algunas
traducciones hablan de “la palabra” en vez del verbo. Habría que aclarar
a lo mejor, que nos estamos refiriendo al origen de un pensamiento
humano elaborado, donde no solo está el verbo, sino también el
sustantivo, el adjetivo, el adverbio y todo el complejo universo que
genera el lenguaje. Si acaso no es éste el que nos ha permitido pensar,
digamos que está muy cerca de haberlo hecho. Pero, más allá de saber
quién precede a quién, pareciera importante destacar lo que nos muestra
el sentido común: la relación leguaje-pensamiento es una complicada
interacción, una permanente retroalimentación en la mente humana. Baste
con afirmar que cuanto más rico, matizado y complejo es nuestro
vocabulario, mayor será el grado de la reflexión para comprender el
presente y su entorno, imaginar el futuro, cambiar situaciones,
analizarlas, concebir estrategias, rebelarnos. Sabemos que el lenguaje,
con sus gallardas y entrelazadas palabras, es capaz de expresar
convicciones y valores, crear mundos y engendrar nuevas realidades.
Importa poco entonces si acaso es éste el que origina el pensamiento, o
lo contrario. Cualesquiera sean las interpretaciones, el enigma de la
gallina precediendo al huevo, o lo contrario, no es lo importante.

Lo
que nos interesa destacar es que de acuerdo al diccionario de la Real
Academia, el español tiene alrededor de 100.000 palabras, pero un
ciudadano medio hispano, utiliza unas 1.000 y sólo los más cultos
alcanzan las 5.000. En Sudamérica, pocos países se acercan a estos
guarismos; Cuba, Colombia y Uruguay un poco, mientras en Chile y
República Dominicana, por ejemplo, un estudio de la UNESCO realizado en
jóvenes del último año del liceo, indica que somos los de menos léxico.
Nuestra pobreza de vocabulario es tal, que según otro estudio efectuado
bajo la dirección de los profesores Alba Valencia y Max Echevarría,
basta con utilizar unas 300 palabras para darse a entender.

El
uso apropiado de las palabras, con sus correctas acepciones, de sus
sinónimos, superlativos y analogías, amplifica y enriquece nuestra
expresión. No solo la hace más “linda”, sino más acorde a la complejidad
del pensamiento. Comparaciones, metáforas, circunloquios, alegorías y
cuestionamientos, resultan únicamente del manejo de un amplio
vocabulario. Por ejemplo, si tomamos la palabra “bueno”, los
superlativos serían: buenísimo, mejor, óptimo, excelente, según la RAE.
Al emplear pocas palabras se recurrirá a “más bueno” o “rebueno”.
Obviamente, el vocabulario básico con que algunos se comunican, no
permite explicar situaciones complejas, ni tampoco comprender otras que
afectan la vida cotidiana y la sociedad, la que va poco a poco
marginándolos e integrándolos en una periferia alejada de todo poder de
decisión. Al entender poco, se repiten aseveraciones como si fueran
verdades de sentido común, se afirman convicciones de poco fundamento,
se reproduce fácilmente una “ideología” dominante, definida ésta como
“las ideas fundadas en un sistema de valores que determinan una actitud y
comportamientos sociales”, y se tornan imposibles los cambios
cualitativos generados desde los propios intereses. Por cierto, la
abstracción o el cuestionamiento quedan fuera de la órbita de quienes se
expresan con un lenguaje pobre. Preocupante es entonces el
atolondramiento de los mensajes codificados que vemos en las redes
sociales. Sus permanentes abreviaciones y signos que economizan la frase
o el matiz de una idea, conllevan a abreviar el pensamiento, cuando no a
producir un cretinismo expresado en palabras confusas, empobreciendo la
reflexión y comprometiendo el devenir social. Al parecer, tal como en
el hermoso tango de Santos Discépolo, nos estamos quedando “sin
palabras”; con la diferencia que el compositor argentino supo expresar
sus sentimientos en esa célebre canción. Solo espero entonces que
nosotros, ante la impotencia de no lograr explicar los nuestros mediante
palabras, no lo hagamos con la violencia que provoca la frustración.

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