Sin rumbo conocido

Queda
poco para que se cumpla un año desde la asunción al gobierno del Frente
Amplio con Boric a la cabeza. Se advirtió desde el inicio que la hoja
de ruta de esta administración fue no tener hoja de ruta, porque esperó
siempre el resultado del plebiscito del 4 de septiembre del año pasado.
Conocido el resultado debió sobre la marcha comenzar a hilar políticas
públicas para lo cual no estaba preparado y las consecuencias de las
improvisaciones las estamos padeciendo hoy. Muchas figuras públicas que
dieron entusiasta apoyo para que Boric llegara al poder, hoy casi con
dolor reconocen que les es muy difícil defender su gestión, porque no se
ve una visión de país, una mirada global que invite a los chilenos a
soñar y a esperar una mejor calidad de vida.

Quizás
si el problema mayor de esta administración es que sus integrantes
siguen poseídos por su ideología de base marxista. In pectore reniegan
del capitalismo, de la libertad de emprendimiento, de la libertad de
enseñanza. Confían casi ciegamente en que el Estado es virtuoso y que es
el único ente capaz de dar con generosidad y solidaridad lo que ellos
llaman derechos sociales. Incluso contra toda evidencia siguen creyendo
que en países latinoamericanos el Estado es el mejor asignador de
recursos para los habitantes y que la esfera privada de la economía si
bien debe existir, sólo está reservada para pequeños emprendimientos.
Cuando se entienda verdaderamente que este Gobierno ve todo bajo el
prisma de su ideología estatista, se comprenderá porqué está destinado
al fracaso. Y si hoy nos hemos salvado de un desastre económico y
social, es precisamente porque al mando de las finanzas públicas está
alguien más pragmático y que entiende que el rol de la iniciativa
privada en la economía es fundamental.

Es
lamentable también que este gobierno siga empeñado en llevar a cabo un
nuevo proceso constitucional, dejando en un segundo plano aspectos
esenciales para la convivencia democrática, como es la seguridad
pública. Nuevamente la ideología que profesan se les cuela
inevitablemente porque ellos piensan que la delincuencia es producto de
lo que denominan “injusticias sociales”, de tal mane
ra
que si un delincuente es reprimido sería doblemente, pues en su forma
de pensar, no sería responsable finalmente de su condición de anti
social. Que este gobierno esté más empeñado en un proceso constitucional
que en reprimir la delincuencia, más allá de las casi líricas
declaraciones en contrario del Presidente, habla a las claras de lo que
es también evidente: su desconexión con el ciudadano a pie proviene de
sus orígenes sociales, altamente elitistas e incluso, clasistas. Todos
aquellos males que criticaron de la clase política la padecen ellos
mismos. Son como aquellos hijos que critican a sus padres por ser como
son, pero que terminan finalmente haciendo lo mismo que aquellos que
tanto criticaron. A veces da vergüenza ajena como deben continuamente
retractarse de las feroces críticas que hicieron a los últimos treinta
años y sus protagonistas. Sus fieles partidarios ven en ello una
constatación de madurez y responsabilidad, cuando en realidad es sólo
una evidente estrategia política pues cada día necesitan más para
gobernar, a personeros de la ex Concertación.

En
el panorama actual se puede apreciar entonces un gobierno que no
sabemos hacia dónde se dirige; no se conocen sus ejes programáticos, su
idea de país. Y ya no pedimos grandes ideales, sino que hagan de la
cotidianeidad algo más vivible para los chilenos, pero lamentablemente
incluso en eso está fallando.

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