La aparición del coronavirus en nuestra realidad mundial nos ha hecho repensar nuestro destino en este mundo. Muchos ven la guadaña de la muerte en cada vecino que se acerca y quisiera armar un escudo protector de sus familias, padres o abuelos sin percatarse que pueden ser ellos mismos los portadores del bicho. Otros no lo toman en serio, porque en sus vidas nada ha sido en serio. Les da lo mismo lo que pase apostando como en una ruleta rusa de que a ellos no les va a tocar. Lesos ellos, pero peores los que le siguen el amén de manera irreflexiva para que no les tilden de “gallinas”. Las señales mundiales nos indican el proceder de muchos países. Unos más agresivos y otros más precavidos. La mejor salud del mundo juega de la mano de un siempre pulcro crupier que está apostando a pasar a la historia a pesar de los llantos de gremios y alcaldes de su propio sector político que ruegan por medidas más radicales. El pueblo sabio sabe que tiene que guardarse, pero es obediente a sus jefes que les obligan a tomar micros, subirse al metro, entrar a sus negocios, fábricas o construcciones y que les redundarán, en términos económicos un margen escaso de utilidad por uno o dos o diez días de para. ¿Qué pasará si por no acatar tenga que soportar licencias médicas o indeseables muertes por su avaricia? Habrá muchas demandas a partir de allí y reconocerse como timoratos no será excusa plausible. Se le ha dado tal poder a alguien que no escucha que podemos darnos cuenta de la verdadera razón de los oídos sordos que tiene el gobierno sobre las peticiones sociales desde el 18 de octubre. La tozudez, la extrema soberbia, la actitud de patrón de fundo, las comparaciones odiosas y fantasiosas, la minimización de las pérdidas humanas frente al perjuicio económico son verdaderos insultos a la razón. Más peligroso que el “virus chino” son el daño que produce en una población enclaustrada las actitudes y expresiones mal dichas o mal pensadas. Eso molesta, afiebra y enrabia. Enrabia tanto que la reacción puede ser peor de lo que se esperaba controlar. Basta de la actitud de profesor arrogante, de saberse intocable y del patético juego de mandarines en medio del dolor. Esto es grave y a pesar de la profunda amistad que tiene con su jefatura sabe que no se le va a quitar el piso porque sería el último de los desaguisados y no podría gritar al aire: “misión cumplida” como la última vez.