Sobre la jornada laboral

Todos hemos visto en
las últimas semanas el debate que ha provocado la propuesta de la
diputada comunista, Camila Vallejo, que plantea reducir la jornada
laboral de las actuales 45 horas semanales a 40. Fui de las primeras en
manifestar mi apoyo al fondo de la iniciativa, pero también he sido
clara en señalar que el cambio debe hacerse con gradualidad, con un
trato diferenciado a las
pequeñas y medianas
empresas, considerando también las nuevas realidades del trabajo que
nos impone la tecnología y una mirada desde las regiones.


Como suele ocurrir, el debate público se ha quedado en los titulares,
lo que ha impedido que se haga un debate en profundidad y que ha situado
a dos bandos en veredas opuestas que dificultan un análisis más
reposado. Algunos datos: Chile es uno de los países donde más se trabaja
según diversas mediciones. En el ranking de la OCDE somos el sexto país
con más horas laborales detrás de México; Costa Rica; Corea del Sur;
Rusia y Grecia. En el extremo opuesto, según la misma medición, el país
donde menos horas se trabaja es Alemania, seguido de Dinamarca; Noruega;
Holanda; Suiza e Islandia.

Veamos
el caso alemán. Allí existe una jornada de 35 horas semanales que
considera vacaciones pagadas de 24 días. También existe la posibilidad
que, por un plazo de dos años, un trabajador/ra puede optar a jornadas
de 28 horas semanales para hacerse cargo de la crianza de los hijos o
para cuidar a un adulto mayor o familiar enfermo, pero con un sueldo
reducido. Después de ese lapso se vuelve a las 35 horas y el sueldo
equivalente.

Lo
notable del ejemplo alemán es que, si bien son los que menos horas
trabajan, son los que más producen. En Chile la situación es la opuesta
porque, si bien somos de los que más horas trabajamos somos de los que
menos producimos ¿Qué hace distintos a los alemanes? Allí existe una
cultura donde en las horas de trabajo sólo se trabaja. Durante la
jornada laboral no se pueden usar las redes sociales, no está permitido
hablar de temas fuera del ámbito laboral ni se puede usar el correo para
temas personales. Dicho en chileno,
no
hay espacio para el “puchito” ni el “cafecito”. Ahora bien, una vez
terminada la jornada, está prohibido por ley el mail del jefe o la
llamada del supervisor.

Es
evidente que aún nos falta avanzar en productividad, pero está claro
también que eso no es solo responsabilidad de las y los trabajadores,
sino que también de los empresarios y el Gobierno, entendido como una
política de Estado. También hay un rol que le cabe a la educación, en
cuanto a que necesitamos aumentar la capacitación de las y los
trabajadores en un proceso que debe ser continuo.

Vuelvo
al comienzo y lo enfatizo. En la discusión de las 40 horas creo que es
fundamental que se incluya la realidad de las Pymes y el impacto sobre
empresas de menor tamaño, diferenciando su situación en cuanto a los
plazos y mecanismos de aplicación. Las posibilidades que nos entrega hoy
la tecnología también impacta sobre la manera de trabajar y, en ese
sentido, tampoco debemos temer hablar de procesos de flexibilidad y
adaptabilidad laboral que también pueden facilitar la vida de muchos
trabajadores, pero garantizando los equilibrios y resguardos en
cualquier negociación.

Por
otro lado, tenemos que abrir la discusión sobre los salarios que se
pagan hoy en Chile. Cuando la mitad de las y los trabajadores ganan
menos de quinientos mil pesos mensuales, la pregunta no sólo es cuánto
quieres trabajar sino también cuánto necesita ganar hoy una persona para
mantener a su familia y, más importante aún, cuál es el sueldo justo y
las condiciones necesarias para avanzar en mejor redistribución de la
riqueza.

El
desafío, junto con responder a cuánto tiempo se trabaja en nuestro
país, es cuánto vale ese trabajo. No soy de las que cree que se acabará
el mundo con una jornada de 40 horas, pero sí estoy convencida que es
una discusión que debemos hacer con todas las cartas sobre la mesa para
hacer de ella una verdadera oportunidad de avanz
ar en un país con mejor calidad de vida para todos y todas, más productivo y desarrollado.

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