Sobriedad,
análisis, diálogo pausado, acuerdos. Es sin duda lo que esperamos
muchos chilenos después del 4 de septiembre y sus resultados
constitucionales. Cualquier tipo de conversación constitucional
posterior debe darse bajo éstos esperados parámetros. Sin perjuicio, de
la necesidad de los ciudadanos que Ejecutivo y Legislativo se dediquen a
resolver los problemas urgentes de las personas; costo de la vida,
seguridad pública, por solo mencionar algunos, es evidente que el tema
constitucional aún permanece sin resolver, algo que no beneficia la
certeza jurídica, ni la paz social que el país tanto requiere. Frente a
esto, cabe destacar el papel que han tenido los presidentes de ambas
Cámaras, el senador Álvaro Elizalde y Raúl Soto en moderar el diálogo,
aportar tranquilidad a la conversación y buscar nuevos acuerdos en
silencio y sin altisonancia.
Un
nuevo proceso constituyente requiere ser enfrentado con un espíritu
mucho más sobrio, con bordes y límites definidos con claridad por el
Congreso Nacional, que es el poder constituyente derivado, donde guste o
no, volvió después del plebiscito la soberanía de reforma, modificación
o cambio a la Constitución vigente. La sobriedad no sólo pasa por el
órgano y la forma que se escogerán sus miembros, requiere por cierto
disminuir maximalismo y construir grandes acuerdos, donde lo que prime
sea la tradición constitucional chilena. Uno de los errores más brutales
del primer proceso fue el mal diseño de bordes y de construcción de
“hoja en blanco”, que llevaron a la búsqueda de algunos de una obsesión
refundacional, olvidando la imperiosa necesidad de incorporar el largo
acervo cultural de la tradición político constitucional de Chile al
proceso. Por eso, las instituciones no dialogaron, la desconexión
respecto de la realidad fue impactante y un golpe al mentón que
coleccionó detractores en todos los segmentos políticos, sociales,
económicos y culturales del Chile actual.
Para
evitar lo anterior, en un nuevo proceso se hace necesario un diseño muy
diferente para obtener resultados distintos. En este sentido, los
bordes o límites deben dejar espacio para la discusión, pero deben
definir asuntos claves en una democracia. No es aceptable, que los
límites que proponen algunos, insistan en asuntos como la separación de
poderes, el respeto al sistema republicano de gobierno. Esto es lo
mínimo o lo elemental. Si una Constitución vuelve a poner en duda
asuntos tan evidentes -propios de un texto constitucional- nuevamente
estaremos discutiendo asuntos que deben darse por entendidos. Mucho más
relevantes en un texto constitucional son temas que deben decir relación
con asuntos que la sociedad zanjó en el último plebiscito. Resulta
claro, que más allá de una regionalización inteligente, los chilenos
esperan que nunca más se ponga en cuestión la unidad del Estado por
medio de autonomías, ni se den prerrogativas adicionales a determinadas
personas debido al pueblo originario al que pertenezcan, un tema es la
multiculturalidad, otro muy distinto atentar contra la unidad
territorial y la igualdad ante la ley, eso y otros elementos ya debiesen
ser aprendizajes del primer proceso.
Los
llamados “bordes” deben incluir el Estado social de Derecho, pero el
respeto irrestricto a libertades como el emprendimiento, la propiedad,
la capacidad del Estado de tener un rol que impacte cuando sea
necesario, pero que jamás pueda monopolizar la acción privada. Si
alguien pretende repetir los maximalismos y las aventuras del primer
proceso el resultado será la frustración, el desastre electoral y la
incapacidad de haber aprendido. La democracia se juega en la
credibilidad, hagámoslo con sensatez y moderación ese fue el llamado del
4 de septiembre, de lo contrario el descrédito total está a la vuelta
de la esquina y las consecuencias de ello, esta vez pueden ser
definitivas para la democracia.