El
camino hacia el desarrollo es una larga ruta por terrenos no siempre
llanos. Lo sabe bien Chile, que tiene que sortear los embates directos
de la naturaleza sean estos como terremotos, tsunamis, aluviones,
inundaciones o sequías. Todas estas calamidades detienen o incluso nos
hacen retroceder en la senda del progreso, debiendo tomar tiempo en
despejar la ruta o simplemente buscar una nueva alternativa para su
construcción. Pero gracias a una clara dirección, hemos superado todas
las catástrofes.
La
ruta hacia el desarrollo como proceso político, social y económico que
impacta positivamente en el bienestar de las personas, no solo depende
de las vicisitudes de la naturaleza que poco controlamos. También
depende de las elecciones que hagamos como nación respecto del modelo de
sociedad que aspiramos.
Hace
apenas 260 años se inició la primera revolución industrial, hito
histórico que impulsó al ser humano a dejar su condición miserable de
subsistencia. Casi un siglo después, Chile emprendió la ruta de la
industrialización, pasando eufemísticamente hablando de la ojota
artesanal al calzado manufacturado. Bastante agua ha pasado bajo el
puente y la humanidad ha probado distintas recetas de desarrollo. Hoy no
existen dudas que los países que cruzaron el umbral del desarrollo
comparten valores y características similares: son democracias liberales
con economías de libre mercado que generan altos ingresos para su
población. No existe un solo país desarrollado socialista o comunista. Y
si algún iluso piensa que China lo es, entonces guarde silencio para no
quedar como un idiota ignorante, como si en el Siglo XXI fuese
progresista “caminar” con ojotas.
Teniendo
claro que el modelo de sociedad que nos lleva por la senda del
desarrollo se basa en el goce de libertades políticas y económicas para
generar mayores ingresos en la población que financian ascendentes
niveles de bienestar, ¿por qué nuestro país se empeña neciamente en
querer adoptar modelos de desarrollo fracasados? Por algo que los
mejores 40 años de Chile fueron a base de reformas liberales,
instalación de la democracia e incesante reducción de la pobreza.
Perfeccionar consensuadamente es nuestro desafío… jamás cambiar de
dirección hacia el punto de partida.
En
tiempos de populismo irresponsable, otro voladero de luces asoma en el
horizonte. El candidato Jadue retoma la agenda comunista para “reducir
la jornada laboral de 45 a 40 horas semanal durante su primer año de
gobierno, para llegar a 36 horas en su último año de gobierno”. Daniel, a
quien tuve sentado en mi oficina, le diría con todo cariño: ¿Cachai
algo de productividad del trabajo?
De
los 39 países que integran la OECD, Chile ocupa el puesto 36 de menor
productividad laboral. En concreto, un trabajador promedio en el 2020
aportó US$30,4 por cada hora al PIB nacional, 72% menos que los
trabajadores irlandeses (top 1), quienes aportan en promedio US$109,4
por cada hora de trabajo. En general, en los países latinoamericanos se
trabajan 48 horas semanales. A mismo nivel de ingreso, en el año 1976
los franceses trabajaban 260 horas más al año que los chilenos, en el
año 2002 los coreanos unas 500 horas más al año…
Para
distribuir riqueza, primero hay que crearla. Para reducir la jornada
laboral, primero hay que aumentar la productividad de los trabajadores
mejorando sus habilidades y competencias (educación de calidad) e
incorporando equipamiento y tecnología. Con crecimiento económico y
aumentos de productividad, se generan mayores ingresos, lo que está
correlacionado con sostenibles reducciones de la jornada laboral y
mayores sueldos. Daniel, deja de tirar humo y socavar el desarrollo del
país.