En
más de alguna ocasión hemos escuchado por parte de la comunidad aquella
típica frase lanzada a algún servidor público o político que dice “Su
sueldo lo pago con mis impuestos”.
La
verdad que esta frase guarda muchas reflexiones en su interior.
Primero, aquello esta en lo correcto. El gasto público contempla el pago
de todas las remuneraciones del sector público que como bien sabemos es
la maquinaría administrativa del Estado. Dichos pagos -sueldos- son una
contraprestación entre el Estado y el Funcionario, es decir, el Estado
entrega dinero y el Funcionario presta un servicio necesario para
cumplir con los objetivos del sector público.
Ahora
bien, ¿de donde provienen esos sueldos? Esas remuneraciones provienen
de los impuestos que en conjunto pagamos cotidianamente como ciudadanos,
como por ejemplo, el IVA, las contribuciones, los impuestos de primera y
segunda categoría, por nombrar algunos.
Es
con esto que en el trasfondo de la frase -“Su sueldo lo pago con mis
impuestos”-, se reconoce un principio de causalidad entre mis impuestos y
los servicios
entregados por parte del Estado. Es decir, los funcionarios y políticos
del Estado no pueden existir sin mis impuestos. No obstante, este
descontento en muchas ocasiones no llega más allá de dicha frase,
convirtiéndose tan sólo en un acto simbólico.
Lo
curioso de aquello es que las herramientas se encuentran a disposición
de cualquier ciudadano para fiscalizar todo el aparataje público, lo que
por supuesto incluye a los funcionarios públicos y de confianza
política. Sin embargo, éstas no son utilizadas por los ciudadanos.
En
este punto la pregunta cae de cajón ¿por qué no se utilizan dichas
herramientas entregadas por el Estado para la fiscalización del
aparataje público?
Para
Weber (1919) el Estado moderno es un ente que monopoliza la violencia
como legítimo medio de dominación expropiando a los individuos un
derecho propio. Esto parece inadecuado para cualquier lector, sin
embargo, Heller (1955) lo ratifica y define al Estado como una unidad de
dominación que actúa de modo continuo. Es con esto que en un escenario
de esta magnitud, el ciudadano común se siente en desventaja frente a un
monstruo como el Estado y ni siquiera el voto se convierte en un medio
de expresión plausible para este ciudadano.
Es
con ello que la fiscalización del Estado no es un hecho sencillo para
un individuo, en especial por que la confrontación es desigual. De modo
que la frase “Su sueldo lo pago con mis impuestos” se convierte en una
de las máximas expresiones de rebeldía individual ante el sector
público. Ya lo he planteado en otras ocasiones, el Estado no puede ser
juez y parte de sus actos, de modo, que se requiere un ciudadano
empoderado, aspecto que va más allá de cualquier proceso de votación
popular e incluso de la división del Estado en sus tres máximos poderes.