Para el pueblo quechua, el concepto base que conjuga muchos paradigmas, se concentra en el Sumak Kawsay o “buen vivir” y plantea la verdadera realización del ser humano de manera colectiva con una vida armónica, equilibrada, sustentada en valores éticos frente al modelo de desarrollo basado en un enfoque consumista. Esta mirada, que nace de lo profundo de la esencia de quienes aman a la Pacha Mama, contrasta con los modelos de sobreexplotación de recursos que causa daño al ecosistema para dar comodidad y mejorar la calidad de vida de las personas.
Un período largo de creciente desarrollo, de búsqueda interminable de recursos ha llevado sutilmente a una serie de riesgos ambientales que estamos enfrentando en estos últimos decenios: la deforestación, el cambio climático, el deshielo de los polos y el aumento del nivel del mar es algo de lo que se habla, está ahí, pero es tan grande y somos tan pequeños que, aunque tomamos conciencia, nos sentimos imposibilitados de hacer algo. Los que reclaman por sus efectos son menospreciados y los consideramos tibiamente como “osados”, mientras continuamos arrojando desechos al sistema.
Debido a nuestro estilo de vida y a la falta de un apego a la tierra y al barro (el cual evitamos) nos hemos olvidado que nuestro planeta es único e insustituible y que tenemos que pensar en las generaciones que nos seguirán, en sus necesidades y en la dificultad que habrá para distribuir equitativamente entre todos los escasos bienes naturales que se les va dejando. En la misma proporción que se va incrementado de vida el mundo, se va disminuyendo los bienes para su mantenimiento y eso es realmente peligroso.
El equilibrio que debe haber entre desarrollo sustentable y economía circular debe estar incorporado como concepto básico de la nueva Constitución y significa un repensar de nuestra posición en el mundo. ¿Para qué hacemos todo en nuestra vida? ¿Trabajar, producir, comprar, viajar, gozar y morir? La sobrepoblación humana y sus hábitos de consumo es un tren en permanente aumento de velocidad y las curvas complicadas pueden descarrilarnos al fin.
Chile es altamente vulnerable por la conformación de su territorio: desierto, costas bajas, sequía prolongada, incendios forestales y su condición natural expuesta a desastres naturales como ningún otro país. Eso obliga a pensar en una nueva manera de vivir para poder mejorar las expectativas que pretendemos dejar a los que vendrán, pues si los ecosistemas se pueden adaptar a las condiciones ambientales, nos preguntaremos si esas condiciones serán óptimas para la existencia del ser humano como especie.
La ausencia de una fuerte difusión de lo que son los ecosistemas y la dependencia que tenemos de ellos, nos obliga a crear conciencia desde la infancia para que sus adecuados manejos, controles y supervisiones en la explotación (para evitar la corrupción) tengan efecto en el tiempo. Si en 200 años se ha causado tanto daño no se puede esperar que haya una limpieza inmediata, pero debe comenzarse en algún momento, aunque nos demoremos otros 100 años más en lograrlo.
Una Constitución con fuerte sesgo ecológico es necesario por respeto a la Pacha Mama, al fuerte sentido religioso de todas las creencias, para los que no creen al menos compartirán que, simplemente, necesitamos esta Tierra para vivir; que no debe seguir corriendo riesgos y estar vulnerables a los efectos sociales y humanistas por sus afectaciones; porque un medio ambiente sano mejora la vida y la salud; y, porque además embellece el paisaje. Digno y oportuno es frenar y preguntarse “¿Cuál es el rol del ser humano en el planeta?”.