Temor es lo que muchos
sienten ante el avance de la izquierda radical, que pareciera estar
cerca de alcanzar el poder ejecutivo con Boric a la cabeza, acompañando
de una larga fila de partidos, movimientos e independientes de distinta
ralea izquierdista. Ante ese panorama, líderes políticos y de opinión
derechistas señalan que votarán por Sebastián Sichel, el democristiano
converso, pero que al igual que el otro Sebastián, nunca ha abandonado
en el fondo sus ideas y ethos democratacristianos. Temen que como hace
cuatro años atrás, pueda ganar un “progresista” y proponga ideas de ese
mundo político. La verdad es que no fue necesario que ganara Guillier el
2018, pues el actual Presidente gobernó con las ideas de la oposición.
Es decir, por votar la gente de derecha al que en ese entonces se
tildaba de “mal menor”, resultó más cara la vaina que el sable, y
terminamos entregando la redacción de un proyecto de nueva Constitución,
a la izquierda, la que arrasó en convencionales y hoy estamos a merced
de si le dan graciosamente espacios a quienes no piensan como ellos. Por
temor, nuestro país está ad portas de ser refundado por una minoría
circunstancial. Por temor al “mal mayor”, las gentes que tienen alguna
sensibilidad cargada al orden, al progreso y al esfuerzo, se volcaron a
votar por Piñera, el que terminó enviando un proyecto de matrimonio
igualitario, algo que otros, pero no la derecha, celebran jubilosamente.
Por
conveniencia, para no quedarse bajo de la mesa del poder y de la
repartición de cargos, muchos se arriman a Sebastián Sichel y ven en
alguien que nunca ha sido de derechas, una oportunidad de cargos
gubernamentales, alguna seremía, un negocio al alero del gobierno, un
trabajo algo más seguro. Porque aunque de la lectura que se pueda hacer
de los principios que rigen a los partidos de los cuales son militantes,
existen escasas coincidencias con las ideas del candidato, lo
importante es no perder poder, arrimarse y cuadrarse con un mundo ajeno y
de ahí, intentar influir. La experiencia con el actual gobierno es que
los partidos de Chile Vamos en lo esencial, en lo que importa, no han
influido en el devenir del país en este periodo de gobierno. Nada hace
vislumbrar que un hipotético gobierno de Chile Vamos o Chile Puede Más
que ahora se nombra, tengan una mayor o mejor influencia en el
desarrollo de las medidas que pueda tomar. Hoy, al igual que ayer, la
derecha ata su destino a un foráneo, sabiendo que las consecuencias han
sido desastrosas, pero claro, la Presidencia de la República es un imán y
los políticos son el metal. Ha sido la contumaz conducta de los
partidos de derecha, que irradia a sus votantes, de apoyar a un
candidato que les lleve a un efímero triunfo electoral, pero no cultural
ni de ideas, el que ha hecho que este país cruja en manos de
refundadores y minorías.
Por
convicción, por seguridad en que las ideas que profesamos quienes
amamos la libertad; el progreso de los sectores más humildes y
postergados; la movilidad de la clase media, es que estamos tras la
candidatura que representa la consecuencia, que es irreductible y por
eso provoca temor en sus adversarios. Una candidatura que sotto voce,
casi en silencio entre el ciudadano a pie, avanza hacia el triunfo. Hoy
por hoy, José Antonio Kast y su sentido común para resolver problemas
comunes, es la carta de un país que necesita orden, progreso, paz y
crecimiento económico. De ahí lo urgente de votar por él y por los
candidatos que el acompañen el Congreso, para frenar la deriva
revolucionaria en manos de tan pocos.