En
estas últimas semanas los candidatos constituyentes hemos sido
invitados a varias entrevistas radiales, televisivas y escritas. En
ocasiones se reúnen a varios representantes de las listas del apruebo y
cada uno da sus visiones de lo que, a su juicio o de sus partidos
mandantes, debería estar en la Carta Magna. Es una larga lista de
iniciativas y principios que, aprovechando la oportunidad, se trata de
enumerar y catalogar en el más breve plazo, como materia aprendida para
una prueba de colegio.
El
discurso académico y elevado debe ser aterrizado a lo que la gente
necesita y, coincidentemente, todos los panelistas concluyen en lo
mismo. Es decir, no hay debate y lo único que se busca conseguir es
mostrar conocimientos, mejor locución o la mejor sonrisa para atraer al
votante.
De alguna manera se produce un solapado fuego amigo que sirve para una
sola cosa: Fortalecer la división de la votación entre los
representantes del Apruebo para beneficio exclusivo de los del Rechazo.
Cada
uno enfrascado en nuestras respectivas campañas aprovechamos los
espacios de difusión, porque muchos no tenemos los recursos para estar
comprando minutos o metros cuadrados en los medios para exponer nuestras
ideas, mientras los demás difunden las suyas con respuestas específicas
que exigen poner pues ellos pagan. Las generalidades de sus
planteamientos no les comprometen a nada para cuando
estén en la Asamblea Constituyente y podrán utilizar su cupo para
beneficio de la clase política que los designó en esta papeleta, es
decir, obstaculizar cualquier intento de introducir cambios sustanciales
en la nueva Constitución.
Instalarse
en Magallanes y decir que representarán a su gente es una falsedad,
porque la línea política que representan es del Rechazo del cual fueron
abanderados porque no quieren el cambio de lo que sus mentores crearon
en 1980. Una verdad es clara: representan a la cúpula de los partidos
que se van a jugar todo para que nada cambie y se mantenga la
desigualdad que nos impusieron a sangre y fuego.
Cuando
nos invitan a ponernos de acuerdo no es a la conversación, discusión y
convencimiento, sino a saber que, teniendo más del tercio para
obstaculizar, deberemos acordar lo que ellos digan para poder avanzar.
Si no hay acuerdo, seguirán las normas de la Constitución del 80.
Hay un temor a salir al pizarrón y señalar
de manera clara y precisa cuales serán sus propuestas de cambio a la
carta fundamental, porque saben que quedarán en evidencia ante la
comunidad al no poder justificar que cualquier tipo de avance se podría
haber logrado, precisamente, mucho antes del estallido social con solo
haber tenido la empatía de ver las necesidades y problemas de la
ciudadanía. Nadie puede creerles que, siendo representantes del gran
empresariado nacional van, ahora, a preocuparse de contribuir a aplacar
las penas y desilusiones de toda una generación.
Por
ello, el debate de ideas resulta importante para la democracia, porque
no se pueden escudar o atrincherar esperando callados que el 20 % que
votó rechazo el 25 de octubre les vaya a asegurar su cupo. Recuerde
amigo lo que le dijeron cuando le convencieron de votar así: hablaron de
destrucción del país, de nacionalización de todo, prácticamente de una
vendetta social o de “chilezuela”, pero desde entonces podrá darse
cuenta que ello fue solo una venta de terror. Mire, converse y empatice
con su madre, hermano, primo o amigo de la infancia, con su vecino o el
chofer del colectivo que le traslada a su trabajo, con los empleados de
la empresa en que presta servicios y se dará cuenta que un 80 % de la
población tiene razón y que sufre por desigualdad. Tampoco se deje
intimidar por sus jefaturas que gozan de privilegios que no llegan a
usted y rechace la violencia instaurada como lo hacemos todos los que
queremos un Chile Nuevo. Lumpen, anarquismo y narcotráfico unidos serán
aplastados por una verdadera y legítima Constitución. No tenga miedo.