El próximo viernes 3 de
marzo comienzan las clases. No podía ser un día lunes, miércoles o
jueves como en otras ocasiones. El nivel de productividad en las aulas
de ese día va a ser extraordinario. Quien planificó esa fecha o no tiene
hijos, o nunca ha trabajado en un establecimiento escolar. Ese día era
más valioso para los docentes, para planificar sus clases. Pero bueno,
habrán aplicado algún algoritmo matemático desconocido para el
ciudadano.
Independiente
de lo anterior, cuando los alumnos(as) de enseñanza prebásica a media
ingresan a clases, comienza el desafío de todos los años, recaudar
fondos para cubrir los desayunos, regalos, el paseo de fin de año, etc.
Nace
una directiva motivada que nos dice “papitos” o “mamitas”, siendo que
no tenemos parentesco alguno, y emerge el cargo más malo de todos, el
Tesorero(a), quien es el encargado de cobrar las cuotas fijadas
democráticamente y que todos se comprometen a pagar.
Después
viene el desafío anual de cobrar, aplicando cada tesorero(a) su propia
estrategia: simpatía o marcialidad. Con el paso del tiempo aparecen los
“pillines” que no pagan las cuotas, que muchas veces son equivalentes a
una o dos cajetillas de cigarrillos, y es de conocimiento público por
su apariencia y celular que pueden pagar.
Por
supuesto existen casos sociales de alumnos(as) que tienen familiares
con serios problemas de salud, cesantía y otros, que motivan al curso a
trabajar en beneficios también de ellos. Aunque no falta el apoderado
que dice que no deberían ir al paseo de fin de año si no pagan. Pero
seguramente vieron mucho “Game of Thrones” quedando algo deshumanizados
con los Lannister. Pero si esta claro que, el que puede debe pagar.
En
el país, las actividades de comercio y servicio deben ser lo mismo. Si
queremos mejorar la educación, vivienda, y en especial las pensiones y
salud, ahora que se tiene la mala costumbre de vivir
muchos años, es necesario que el país cuente con la recaudación de
recursos suficientes para darle vida a esto. Por esto todos deben estar
formalizados para contribuir al país, y a su vez, generar empleos
formales.
La
formalidad es sinónimo de transparencia en la obtención de recursos, y
es recaudación de impuesto para el Fisco, en beneficio de todos y en
especial de quienes menos tienen, y que no son generadores de ingresos
por problemas de salud, edad o estructura familiar.
El
indicador de la informalidad laboral nos ayuda para alejarnos de los
escenarios no deseados. El año 2022 en Chile llego a rangos del 22% al
28%, en Perú va desde un 42% rural y un 70% urbano, en Argentina un 37%,
Brasil 39.1%.
Un
país que tolera la informalidad, fuera de rangos aceptables, es injusto
con sus ciudadanos que si cumplen, y a su vez con aquellos que
realmente necesitan, sembrando desmotivación, egoísmo y anarquía. Las
instituciones públicas deben luchar contra el comercio informal abusivo,
y no solo atormentar al comercio formal por tenerlo identificado.