Todos iguales y todos diferentes

¡¿…?!
Tanta verdad, y tanto que cuesta admitirlo o reconocerlo. No, no quiero
confundirlos. Todos somos personas diferentes, únicas e irrepetibles,
no obstante, todos somos iguales en tanto seres sociales.

¡Iguales
y diferentes! ¡Vaya qué sí! Todos somos hechos de la misma madera, mas
no todos somos dispuestos en los mismos entornos. Nuestra formación es
diferente, en entornos diferentes, y ello nos moldea ya diferentes.

¿Qué
razón tenemos para no visibilizarnos, qué motivo tendríamos para no
considerarnos el uno al otro? ¡Ninguna! Sentimos de igual manera,
reaccionamos del mismo modo, a estímulos físicos semejantes, tenemos
misma conformación física, salvo infortunadas situaciones.

Vuelvo a la andanada, ¿por qué nos tratamos mal, por qué las reacciones airadas,
inmotivadas? Socialmente nos hemos perfilado, nos han moldeado en
entornos diferentes y, a veces, a fuego. Y también, era que no, con
modelos de vida pacientes, de humano perfil. Esa es nuestra hoja de
ruta, así se moldea nuestro adeene social.

Vivir
en una cota a nivel tanto, a un lado u otro de tal cual plaza, en el
centro cívico o en los extramuros, a un lado u otro de tal avenida, en
una torre de departamentos o en una casa, estudiar en tal escuela o
colegio, titularse en tal o cual universidad, ser hincha de tal o cual
club deportivo no nos debe apartar, solo señala simpatías, gustos,
circunstancias físicas, sociales, nada más, quizás se trata solo de
oportunidades diferentes. Nada tan significativo, nada definitivo como
ser humano. Estas diferencias a ratos asoman, a ratos se diluyen, pues
todos, todos somos, en esencia, iguales.

El desarrollo de una comunidad de personas implica el desarrollo de todos en su justa y humana medida.

¿Qué
tan posible es esa ingente tarea? Proponérnosla ya es buen comienzo.
Observar cuán desiguales somos, o estamos, es también buen propósito,
porque nos permitirá fotografiar el estado de situación. Luego, los
análisis, los contrastes observados, dimensionarán qué es preciso hacer,
cómo hacer, qué primero, qué segundo, qué tercero, y así. Una buena
carta Gantt, y otear el horizonte, qué es posible, qué tan posible,
cómo, cuándo, cuánto.

Mi
humilde opinión es que, independientemente de visiones ideológicas y
herramientas tecnológicas, debemos poner a la persona en el foco de
atención. Hacer observaciones minuciosas de su ser, de su estar, y de su
compartir.

¡Tan
importante es saber cómo está! Sí, la pregunta que se debiera
privilegiar es ¿cómo estás? Y he de advertir, que si preguntamos,
debemos aguardar por la respuesta. Que la pregunta no sea una pregunta
cómoda, reiterativa, fantasmal, acomodaticia, al contrario, debe ser
genuina, auténtica. Repito, si preguntamos ¿cómo estás?, esperemos la
respuesta. Y si es mala, incómoda, atendamos la situación, asumamos.
Detengámonos. Y seamos parte de esta comunidad de personas.

El
saludo. Es la llave de apertura a relacionarnos, a conocernos y
reconocernos. Es el inicio. Y hagámoslo. Y démosle sentido al saludo.
Que provoque, que estimule, que motive, que anime. Y tendrá como efecto
un retorno, ojalá semejante. Hay que dar puntapiés iniciales. ¡Háganlo!
¡Hagámoslo!

Practiquemos.

¡Buenos días! ¿Cómo estás?

¡Bien! ¡Muy bien! ¡Gracias!

¡Cuánto me alegra saberlo!

Y, tú, ¿cómo estás?

¡Bien, también! ¡Gracias!

Y así.

Vuelvo
al comienzo, todos somos iguales y todos somos diferentes. No es la
idea uniformar, militar, limitar, doblegar, pero, sí, ser mejores, ser
mayores, ser más altos, ser grandes, todo, en la mejor de las
posibilidades. ¿Qué hacer? Emparejar la cancha. ¿Cómo? Siendo gentiles,
humildes, proactivos, empáticos, atentos, oidores, fraternos,… ¡humanos!

¡Gracias por la atención, fratelli tutti!

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