Ubi sunt? VI

De tanto en tanto nos preguntamos, o preguntamos, ¿dónde están?, o ¡dónde están!, ya casi en el límite de nuestras incógnitas. ¿Por qué tanta angustia? Porque ya ni asoman, escasean, o son de práctica mínima. 

El comportamiento social implica el ejercicio de muchas actitudes, la puesta en escena de muchos valores, el ensayo de muchas competencias. Y, estimo, desde los últimos cincuenta sino sesenta años, el escenario ha variado. Las personas se han ensimismado, se centran en su propio derrotero, escasea el ejercicio de consecución de metas de modo colectivo, grupal. 

De este modo, menudean ciertas actitudes como templanza, reserva, cautela, calma, avenencia, entre tantas otras que podrían salir al ruedo.

¿Dónde hallar ahora la templanza? Es que abunda la imprudencia, la incontinencia, la indiscreción, el abuso, el exceso, entre tantas manifestaciones perturbadoras de una adecuada interacción, una comunicación normal. La templanza se semeja a la temperancia, y coinciden en la moderación, en la sobriedad. Y ser moderado implica ser contenido, mesurado, sensato, cuidadoso. Si nos ponemos en un escenario en que alguna actitud o comportamiento verbal o no verbal nos desinstala, nos desacomoda, nuestra respuesta verbal o no verbal debe ser medida, cauta, prudente. Ese control, ese gobierno regularmente es alocado, descuidado, desmedido. Y lo dicho o lo hecho es de difícil corrección a posteriori. 

¿Qué saben de la reserva? ¿Dónde está? ¡Qué es de ella?  La reserva implica tino, discreción, prudencia. Todas están casi inubicables, quizás es más sonora su desaparición porque cuando faltan, la estridencia que provocan su falta es notoria, sonante, se esparcen casi en 360 grados. La reserva implica ser discreto, guardar, contener, atesorar información, contenido, tanto cuanto sea posible o necesario, en especial si se ha solicitado, o porque la prudencia en su irradiación así lo aconseja. Lo opuesto es la imprudencia, exteriorizar la información de manera incontenida, descuidada, o definitivamente, mal intencionada.

¿Y qué es de la cautela? Cautela es prima hermana de la reserva, pues se emparenta con el sigilo, el juicio, la formalidad, el tiento, todos no forman parte de una materia, no están en el currículum formal, sí son parte o debieran serlo del programa educacional social, familiar. La falta de cautela la encontramos en el descuido, la despreocupación, la imprudencia sino la negligencia. Todos ellos, de manera impulsiva, irrumpen y causan cierto descontrol en las relaciones humanas, interpersonales con efectos nada agradables, y alguna vez, de modo irreversible.

¡Calma! Existe la palabra y, ya les digo, tampoco comparece con habitualidad en nuestras actuaciones, y si asoma, lo hace con efecto contraproducente. ¿De qué calma hablamos? Esta no es precisamente lentitud, abandono, pereza. Es más bien una conducta activa, la calma a la que nos referimos esta vez es serenidad, silencio, quietud, sosiego, cuando este bien es muy necesario en el fragor de tensiones o desentendimientos. Esta calma es una invitación amorosa a la reflexión, al estudio, al análisis, a la contención. Creo es, ni más ni menos, para marcar una diferencia entre un antes y un después. 

¿La avenencia? ¡Qué palabra! ¿Habían notado su falta? Al pasar lista casi siempre se ha excusado, no concurre, no asiste, y cuánta falta hace. ¿Qué es avenencia? Deriva de avenir, que es, ni más ni menos, llegar, presentarse, concurrir, juntarse, incluso simpatizar, confraternizar. Entonces, avenencia es pariente de convenio, de unión, de conformidad, de transacción, de acuerdo. ¿Se dan cuenta cuánta falta hace la avenencia? Es conciliación, es arreglo, es concordia, es alianza, es paz.

Como antes, ya cinco veces, esta vez he intentado una secuencia entre templanza, reserva, cautela, calma, avenencia. Dios quiera se hilen y sean un tejido sostenido por todos y todas.

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