De
marzo a marzo, en nuestro caso. Marzo siempre fue, siempre ha sido el
mes de nuevos comienzos, del inicio de un nuevo año académico, con una
pléyade de jóvenes esperanzados, ilusionados, y con unos cuantos nuevos
compañeros de trabajo que se suman al propósito de instituciones de
educación superior de formar personas y subsecuentemente nuevos
profesionales.
Es
mi caso, un marzo de 1969, tiempo ha, crucé un simbólico portal en
Avenida Alemania 0422, en Temuco. Y avancé, avancé por un hermoso
antejardín hasta llegar a lo que me parecía un amplio salón, bullente, y
luego salas, muchas salas, y ya más ambientado, oficinas, varias, las
de mis profesores. Es curioso, en aquel tiempo una oficina era
compartida por varios profesores, un escritorio era de varios, no de
uno, entraban y salían, entraban y salían. Otros tiempos verdaderamente.
Hoy, hoy,… cada uno tiene su oficina, es excepción que sea compartida.
En fin. Es otro tema.
Marzo.
El inicio de un camino, de un sueño, de esperanzas; en la U todo
comienza en marzo. No obstante, aquí, acá, en esta parte del hemisferio,
en Chile, en Temuco, un año ya, todo cesó en marzo, se interrumpió. Se
veía venir según unos pocos, mas quizás, para los más, gran sorpresa. De
un día a otro nos vimos impedidos de seguir en la labor, en nuestra
tarea de asistir, de dar señas, de acompañar, de aprender, ¡por qué no!;
los profesores también aprendemos. La vida es un continuo aprendizaje,
así es en la vida de todos y de todas.
Y
todo se interrumpió a mediados de marzo, de un zuácate, de un golpe. Y
esto, además de vernos impedidos de concurrir a nuestros puestos de
trabajo, a nuestras aulas, a nuestros laboratorios, significó
resguardarnos en nuestras casas, y desde algún rincón, en muchos de los
casos, no preparado para albergar a un trabajador 24/7, rincón que debió
experimentar adecuaciones que pensamos temporales, poco a poco debimos
admitir sería nuestro espacio desde el que daríamos señas, desde el que
comunicaríamos, desde el que nos comunicaríamos. Y debimos improvisar,
aprender rápido y de modos muy diversos, aunque algunos ya contaban con
cierta alfabetización y, otros, muchos, debimos apurar la marcha para
ponernos medianamente al día.
Y hemos contado
en este espacio nuevo, de virtualidad, de virtualidades, con
asistentes, varios, muchos, nuestros circunstantes estudiantes de cada
curso. Así como en otras circunstancias, en otro tiempo los pacientes
éramos otros, ahora los pacientes fueron ellos. Hay que reconocerlo, yo
lo hago. ¡Gracias, jóvenes! Y en esta carretera virtual ya había
vehículos dispuestos, muchos dispositivos, y a su alrededor había
verdaderas edificaciones incluso. Y la tarea ha sido ingente, con
denuedo, y han significado horas, muchas jornadas, más de las que
imaginamos, en solitario y no tanto. Los asistentes informáticos han
multiplicado su labor, y con asistencia remota, muchas veces, desde sus
hogares, en medio del tráfago propio de una familia, como las nuestras.
¡Qué labor! ¡Aplausos, virtuales, mientras tanto, Carlos! Lo nombro, he de nombrarlo, he de signarlo, entre muchos.
Marzo.
Y dimos inicio a un segundo marzo en similares condiciones al anterior.
Hemos dado inicio a un semestre más de trabajo formativo en modalidad
virtual. ¡Dios me asista, Dios nos asista!
Un año sin ir a la U.