Un cabo suelto

No
se trata de un descuido al navegar o alguna materia por dilucidar. Es
la historia de un suboficial de carabineros que fue acusado de
“homicidio frustrado” tras el caso Pío Nono. El cabo Zamora, fue
formalizado, quedó en prisión preventiva, dado de baja y condenado por
moros y cristianos en redes sociales y medios de comunicación. El
diputado Boric señaló “barbarie”, la diputada Vallejos refirió
“brutalidad” y los diputados Jackson y Cariola catalogaron de “criminal”
lo sucedido. Ejemplos de la generación política que dispara a mansalva
desde el lenguaje, propagando odio, desde el octubrismo que mediante la
danza del fuego acorraló a las instituciones hasta la rendición
constitucional. Llamaron a refundarlo todo de la mano de encapuchados y
“manifestantes” del descontento, y del asedio comunicacional en contra
del uso de la fuerza y el restablecimiento del orden público.

Durante
el año 2020 en pandemia, existieron rebrotes de manifestaciones en la
olvidada plaza dignidad. El día D en octubre, reunió a distintos actores
en un escenario vertiginoso. Esa tarde, llegó la orden de intervenir:
“dispersar y detener”. El cabo 11-25 identificó a un encapuchado, corrió
cumpliendo la orden y su función policial de aprehensor. En el puente
chocaron dos jóvenes, con distintas motivaciones y vestimentas. Uno cayó
al río con lesiones y una pensión de gracia. El otro, desde ese día
comenzó un calvario personal, profesional y social. De pronto, el
excarabinero Zamora pasó de funcionario a policial a enemigo de clase
del octubrismo e imputado, de custodio del orden público a sufrir el
ostracismo; una contienda desigual entre el joven porteño, la fiscal
Chong y la izquierda refundacional.

El
cabo Zamora, a sus 22 años, fue parte de la extinta unidad de Fuerzas
Especiales rebautizada con el nombre de Control de Orden Público (COP).
Fue uno de los tantos jóvenes en formación policial que salieron a la
calle en pleno 2019, cuando el país ardía y las plazas eran tomadas día a
día mediante un ritual de protestas y destrucción, mezclando
artificiosamente el derecho a manifestarse con los atentados a los
bienes públicos y privados. Con un imaginario que nos impuso la
necesidad de una “primera línea” garante del derecho constitucional de
la manifestación, enfrentados a los que realmente están mandatados a
resguardar el orden y la seguridad pública. El relato de ese entonces
(no extinto del todo), alteró los roles e instaló un antagonismo entre
la protesta social y los uniformados, rebautizados en represores de los
manifestantes con su pliego incendiario de dignidad.

Cuatro
años después, el veredicto unánime absolvió al cabo Sebastián Zamora de
las acusaciones de la fiscal Chong. La defensa de Zamora dilucidó el
entramado judicial y el evidente sesgo de ciertos fiscales que sin
capucha creen en los antagonismos sociales. Zamora en todo momento
declaró su inocencia y su deseo de reincorporarse a la institución
policial, ya que ve en la posibilidad de ayudar y proteger con sentido
social, tal como lo aprendió en su etapa de escolaridad salesiana. Esa
verdadera preocupación social que se manifiesta en el día a día por
cientos de anónimos, con o sin uniforme, y no esa “preocupación” de
grandes discursos y consignas, que llegaron en los morrales
revolucionarios del frenteamplismo. Esos mismos que acusaron a Zamora y a
otros de todos los males de la república. Los mismos que decidieron
agudizar las contradicciones sociales y los antagonismos fratricidas con
el roñoso manual de la lucha de clases, odio, opresiones infinitas.

Al
día de hoy, ninguno de ellos ha condenado tajantemente la violencia del
“estallido”, por el contrario, la justifican en la existencia de otras
violencias institucionales e históricas o se refieren a costos
marginales en lo material tras las movilizaciones. Tampoco se
arrepintieron de sus calificativos sobre Pío Nono de: “barbarie,
criminal y brutal”, sin el debido proceso.

No
lo harán porque los fines justifican los medios al silenciar y
acorralar a los enemigos, con o sin uniformes. La toma del poder no sabe
de arrepentimientos. El cabo Zamora, quiere seguir en la calle porque
sabe que sin orden no hay patria, democracia ni paz social. Vuelve con
algunas lecciones para la vida y su profesión ya que decidió no rendirse
ante la injusticia y condena social de la nueva y vieja izquierda. Su
compromiso se mantiene intacto.

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