El 31 de mayo de cada
año la OMS y sus asociados promueven y conmemoran el Día Mundial Sin
Tabaco, dedicado a resaltar los riesgos para la salud vinculados a su
consumo, promoviendo políticas eficaces para reducir este hábito. La
exposición al tabaco en cualquiera de sus formas es la principal causa
prevenible de defunción en el mundo. Hoy muere uno de cada diez adultos a
nivel mundial. La imagen de un cenicero y una rosa es el símbolo o logo
que representa la campaña de este año. La consulta que se debe hacer:
¿Cómo es posible que, a pesar de tantas campañas de difusión de los
riesgos aparejados al tabaco, la adicción a él parece ir en un franco
aumento? Muchos que se sientan tocados dejarán de leer las líneas de
este comentario con una sensación de culpa ajena; de que se trata de un
permiso leve que se da en medio de tantas calamidades que nos acechan;
de quien siente que el tema no importa y debe ser cosa de cada uno. En
fin, todos tienen sus razones y son más importantes que cualquier
consejo, insinuación o propaganda de terror que se instale en las
cajetillas. Dirán que el humo que aspiran les afecta solo a ellos, pero
se olvidan que está probado que lo que exhalan daña también a quienes
han optado por el camino contrario. La industria del tabaco es un gran
negocio y por más regulaciones y prohibiciones que se intenten, por más
mensajes subliminares que se instalen, el gusto a la sensación relajante
que ello provoca es más intenso e impide captar las atenciones y darnos
cuenta de la gravedad de sus efectos. Ahora bien, al igual que el
consumo del alcohol, que corroe vidas cuando la mente se nubla y lleva a
cometer imprudencias en la conducción, pareciera que el efecto nefasto
del humo no afecta a todos de la misma manera. Ejemplo de ello me
consta de manera directa. Por lo anterior no he de criticar a quienes
libre y conscientemente disfrutan de un buen cigarrillo. Cada persona
tiene el derecho de gastar su dinero como lo estime y rogar que su
organismo esté preparado para defenderse de los efectos funestos de la
nicotina, del monóxido de carbono, de los gases irritantes y las
sustancias cancerígenas que, luego de pasar por los pulmones, las siguen
inhalando gracias al uso de las mascarillas preventivas del Covid, pues
a ese sí que le tienen miedo. En esas circunstancias, en el mejor de
los casos, es preferible pasar por la vida sin la protección del momento
a seguir teniendo esa paupérrima sensación de seguridad.
La paradoja del momento está allí, en la costumbre de oír sin escuchar,
de pensar sin razonar, de actuar solo por inercia y de andar por las
calles como si fuéramos hombres ya muertos. Pareciera que el verdadero
ser humano queda solo relegado a un cuerpo sin esencia, donde no hay
capacidad de ponerse un freno para analizar el paso que corresponde dar a
continuación y las consecuencias que ese paso puede tener en su futuro
más inmediato. El cigarro, así como la conciencia de las razones de la
vida, hoy está ligado a lo que otros digan, a los que vociferan más
fuerte, a los que parecieran tener las verdades a su favor o a lo que se
publicite en los medios de comunicación. Ahí se consigue la
esclavización del sentimiento, del conocimiento y del porvenir y ya no
es necesario razonar, criticar con sentido o adoptar una decisión por sí
mismo, debidamente informado. En una región ganadera ovina como
Magallanes, entendemos cómo los piños son guiados de un lado a otro y al
matadero porque carecen de la capacidad de razonar y tomar la decisión
correcta. De vez en cuando aparecen las ovejas negras, las que quieren
andar por otros caminos, las que se arriesgan a cruzar el alambrado y
estas son identificadas y masacradas por los pastores, porque no les
gusta que aparezcan rebeldes y que les pongan cargas en el camino. Hoy
estamos en la necesidad de lograr esa conciencia, de no ser simples
reproductores de falacias, y de entender que el futuro es nuestro y no
solo de unos pocos que no quieren perder privilegios, porque su egoísmo es el humo de sus vidas que invade y daña a todos los que los rodean.