Estamos
asistiendo como espectadores, nunca como protagonistas, a una
reformulación de nuestro país. Quienes aún con ingenuidad, cálculo
político o buenismo piensan que la mayoría de los integrantes de la
Convención Constitucional desean establecer una constitución que sea “la
casa de todos”, están siendo cómplices en invento en vivo y en directo,
de la deconstrucción de un país. El motivo de la “refundación” es
esencialmente ideológico, sin sustento en el país del sentido común, de
la lógica más evidente que por no ser sofisticada, se le aparta y se le
niega valor. No hay otra explicación al hecho que Chile, que fue
derrotando la pobreza en vastas capas de la sociedad en base a un modelo
de libertades, ahora unos jóvenes de izquierda, que han disfrutado de
la riqueza que el país ha generado y arropados por viejas glorias
también de izquierda que les antecedieron, de pronto abominan de la
prosperidad y reclamen igualdad. En este punto, para la mayoría no es un
misterio que puestos a elegir entre igualdad y libertad, sin lugar a
dudas optarán por lo segundo, pues para que en una sociedad haga sentido
la igualdad, debe primero existir condiciones económicas favorables,
pujanza, libertad, desarrollo. Sin embargo, los porfiados laboratoristas
sociales de izquierda piensan que sólo la igualdad es el sustento de la
felicidad humana.
Al
escuchar a la Presidenta de la Convención Constitucional, Elisa Loncón,
plantear la autonomía territorial para el pueblo mapuche, que puede
llegar incluso a un nivel regional, forzoso es entender que de llevarse a
cabo tal idea, se rompería necesariamente la unidad territorial del
país. Es crear un país dentro de otro país. Un verdadero caso de
laboratorio. Lo mismo sucede con la idea del vicepresidente de la
Convención de ir a un sistema parlamentario de gobierno, que es aquel en
que los partidos políticos, no las personas directamente, deciden
después de las elecciones quién gobernará, de manera que se les dé dicho
poder a la clase política, que cambiarán al gobernante cuando lo
estimen.
Otro
tanto sucede con diversas materias que los convencionales de izquierda
pretenden imponer, tales como la penalización de lo que denominan
“negacionismo”, que sería discrepar con la historia oficial en temas que
para ellos y sólo para ellos, son sensibles. Por ejemplo, nadie podría
investigar y llegar a una conclusión distinta a lo que digan organismos
oficiales o sentencias judiciales (en la literatura jurídica existe
montañas de libros que critican y discrepan de sentencias judiciales
firmes). Ocurre también con el lenguaje, que la izquierda quiere cambiar
para ser “inclusivos”, como si la inclusión verdadera comenzara por el
lenguaje. La idea del candidato Boric por la cual en los directorios de
las grandes empresas exista una igualdad de accionistas y trabajadores
por ley, es demostrativa de lo lejano que está el candidato de conocer
mínimamente cómo funciona la economía y las empresas, pues ningún
accionista invertirá en Chile si personas que no hayan elegido,
administren sus dineros. Y si no hay inversión no hay trabajo ni
riqueza, pero sí igualdad en la pobreza.
Boric,
la izquierda y la Convención Constitucional nos proponen un país de
laboratorio. Es la misma idea y modelo de Allende y la Unidad Popular,
que propusieron una “revolución con empanada y vino tinto”, y el país
terminó a los dos años de dicho gobierno, sin empanadas para comer ni
vino tinto para tomar. Más temprano que tarde Chile se sacudirá de este
quilombo revolucionario y refundacional.