Las
cúpulas de los partidos que sustentan el Gobierno junto a los
mandatarios en el Ejecutivo han realizado una serie de encuentros
llamados “Cónclaves”, con la finalidad de priorizar y avanzar hacia una
agenda concreta que se conecte con las necesidades de la gente y mejorar
la relación entre las dos coaliciones (culturas) que constituyen el
oficialismo. Dichos conclaves de a poco se han ido replicando en
regiones y en los próximos días se debería realizar en Magallanes. Lo
cierto es que, hasta ahora, por necesidad, más pragmatismo que
convicción, el Presidente ha ido integrando en forma progresiva a
militantes del Socialismo Democrático, y ha hecho un llamado a
constituir una única alianza que reúna las dos coaliciones. Lo que
parece obvio y necesario mantiene un inconveniente: sigue siendo un
ejercicio cupular alejado de las bases.
Lo
cierto es que, a pesar de tener un ideario y visión de país bastante
similar, los partidarios de ambas coaliciones se miran de reojo y se
hacen juicios muchas veces despiadados sobre su proceder. Quizás
producto de un choque generacional la discusión termina siempre ligada a
la experiencia o inexperiencia de ambas coaliciones. De esta forma,
especialmente desde el Frente Amplio, los miembros de Apruebo Dignidad
critican y rechazan los gobiernos de la Concertación, comúnmente sobre
su obra asociada a mantener el modelo neoliberal, pero con una marcada
posición desde una superioridad valórica. Por otro lado, una parte del
Socialismo Democrático vio irrumpir con cierto grado de simpatía una
generación de jóvenes que enarbolaban las consignas pendientes de la
Concertación, pero al mismo tiempo con una creciente molestia producto
de la falta de comprensión y justicia al proceso histórico reciente y a
la experiencia de gobernar, asignando en forma despectiva la
calificación de inexperiencia, falta de realidad e infantilismo a sus
postulados. En este escenario, en la integración de las coaliciones se
mezclan varias posiciones: los que reniegan de la invasión de los
oportunistas, los que se amoldan a las exigencias de la circunstancia
procurando el objetivo de gobernar, los ofendidos que ven como enemigos a
los reformistas de los 30 años, los que pretenden aclarar las
diferencias para alcanzar objetivos comunes de sociedad abandonando la
estigmatización y recriminación.
Entre
medio de todas las posiciones se instala la visión del Presidente
Boric, que, en el ejercicio de gobierno, sopesa las responsabilidad y
dificultades de conducir un país cuando las condiciones sociales,
políticas, estructurales y económicas lo hacen moderar y alterar el
rumbo preconcebido, a pesar de la incertidumbre que ello provoca en sus
partidarios. Otra cosa es con guitarra, declaró hace muy poco. Porque
otra cosa es ganar y seguir siendo minoría, otra cosa es teorizar ante
una realidad que te desborda
y condiciona, otra cosa es gobernar para el pueblo cuando el pueblo
tiene otras opciones, otra cosa es impulsar cambios cuando la
institucionalidad no te lo permite. Para avanzar, el Presidente ha dicho
que es fundamental la unidad, dejar de lado las recriminaciones y
dedicarse a gobernar. El Presidente nos llama a avanzar con lo bueno de
la experiencia adquirida y los sueños de un Chile mejor y justo.
Un
cónclave no puede posponer u obviar la enorme fractura interna del
conglomerado, producto de las culturas e ideologías distintas que la
integran. Un cónclave debe llevarnos
a encontrar los puntos de anclaje que nos permitan generar un vínculo y
compromiso con los objetivos país y de gobierno. Se deben dejar de lado
las recriminaciones, pero con honestidad y objetividad en los juicios
históricos. Se deben generar espacios para autoflagelantes y
autocomplacientes, que sin perder el rumbo nos permita gobernar con
realismo político. Priorizar la agenda y el programa no es claudicar, es construir las bases del Chile que viene.