Un ejemplo inmortal

La verdadera historia de
Chile reserva espacios importantes a las gestas de los chilenos en
varios pasajes de nuestros archivos nacionales, asumidos por heroicos
jóvenes chilenos.

Son
abundantes esos episodios que, a juicio de muchos, se inician con la
heroica defensa del territorio de las intenciones del imperio inca de
apoderarse de las tierras araucanas e imponer su dominio altiplánico,
sin conseguirlo.

Después,
vendría la lucha del pueblo araucano para impedir la colonización
hispana sobre estas tierras que, aún hoy tienen sangre de ese pueblo,
pero también de españoles, mestizos, chilenos, alemanes, suizos y de
otros colonos, tanto italianos como franceses.

Luego,
muchos jóvenes chilenos, alistados en las filas de los Carrera, de
O”Higgins, de Rodríguez y, finalmente de San Martín, dieron su preciosa
vida en pos de la libertad de América que hoy, con artimañas, trucos
sucios y palabrería dictatorial, pretenden arrogarse quienes se
apoderaron de la figura de Bolívar.

Vendrían,
después los desafíos de nuestra vida independiente que se sellaron con
las victorias del “Roto Chileno”, en Yungay y Portada de Guías, allá en
el Perú.

Sin
embargo, la Guerra del Pacífico tuvo en el Combate de la Concepción, su
página de mayor gloria, entre muchas, porque en esa aldea de la sierra
peruana, “por montoneras rodeados”, los Setenta y Siete Inmortales de la
Cuarta Compañía del regimiento “Chacabuco”, al mando de Ignacio Carrera
Pinto, descendiente de una distinguida y muy patriota familia, nacida
en una cuna libertaria, defendieron nuestra bandera y rindieron la vida
en esa heroica tarea.

En
un nuevo aniversario de esa gesta, como muchas otras desde entonces, la
tricolor flamea con más fuerza, los corazones de millones de chilenos,
de miles de magallánicos laten con más fuerza y esas emociones hacen que
nuestros rostros se bañen de lágrimas de orgullo.

Porque
esos jóvenes que han jurado a la Bandera en Punta Arenas, Porvenir,
Puerto Natales y a lo largo y ancho de la Patria, nos recuerdan los
versos del poeta Víctor Domingo Silva que nos indicaron, desde niños
educados en el amor a Dios, la Patria, la Familia, la Libertad, “que no
sea la Bandera en nuestra manos ni un estúpido juguete ni una insignia
baladí y que no detenga nuestro paso ni foso, ni mina ni trinchera,
cuando oigamos que nos grita la Bandera: ¡Hijos míos… defendedme… estoy
aquí…”

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