La trayectoria de la flota de Magallanes dejó buenos réditos para sus inversores, a pesar de que menos del 10 % de sus tripulantes iniciales culminaron la travesía. Los desertores quedaron en el olvido y el comandante Elcano entró en la historia por haber estado en el cargo de capitán de la Victoria. En el momento exacto. Los otros 17 nombres, salvo Pigaffetta, se habrían olvidado si no estuvieren en la placa conmemorativa que los inmortalizó. Los largos meses de navegación deben de haber sido un gran problema para controlar. Ayer fueron las capacidades del líder o la elección del menos malo o el que debía de asumir el control por ser el distinto. Hoy quien ejerce el mando de algo debe contar con numerosos títulos, experiencias calificadas y un sinnúmero de padrinos o parientes con influencias. El apellido cuenta para perpetuarse en el poder y lo vemos en todos los sectores y en todo el espectro de la política. De pronto aparece un iluminado, el oportuno, el del buen discurso, el de la buena facha, de la foto bonita y comienza a tratar de posicionarse, como ya lo ha hecho otras veces y puede transformar su historia y la del mundo. Elcano salvó su cuello en San Julián, se le perdonó su insubordinación. La justicia de los hombres no le hizo mella y la de la vida lo eternizó. Trató de ocultar esa parte de la historia, pero la suerte de un novel lo expuso. Pigaffetta también actuó con fortuna y gracias a él, a su prolijidad y persistencia sabemos como fue gran parte de aquella aventura. Mucho debe de haberse perdido y por ello el paso por el estrecho está tan escuetamente escrito en sus notas. La convivencia a bordo, desde las Molucas, no debe de haber sido grato, más aún después de gozar de los privilegios de aquellos parajes y de tener que sortear a los malayos y portugueses que los asediarían en la última etapa. Pasaron desapercibidos, como si fueran uno más de los tantos buques que hacían la ruta. De habérseles descubierto y conocer su experiencia, de seguro lo habrían hundido para evitar la victoria histórica que ellos arrastraban. Los 18 representan el deseo de vivir o de sobrevivir, de llegar al calor de sus hogares. Algo así resulta tan baladí hoy como el deseo de cualquier ciudadano que busca su sustento o un mejor mundo para sus hijos, al salir día a día sin saber el resultado de su propia travesía o las decisiones que adoptará el líder que le guiará.