Es
preocupante darnos cuenta de que dos tercios de los chilenos estiman
que el país “está estancado” y un 16% que derechamente va “en
decadencia”, según lo aseguran diversas encuestas y estudios de opinión.
Desde hace décadas que no había una visión tan negativa, ni siquiera en
medio de la Gran Crisis Global de fines de la década pasada. Estamos
con una inflación que no teníamos desde 1994, hace 28 años y las medidas
económicas impulsadas recientemente por este Gobierno no vislumbran
grandes soluciones. Atribuir un bajo crecimiento a los agentes externos
es buscar explicaciones cuando lo mejor es encontrar las soluciones.
Hay causas internas, como nuestras reformas que generan mucha ansiedad y
que, por cierto, tienen muchos efectos. Y ya no es sólo la minería o la
salmonicultura o cualquier otra actividad del sector productivo a la
que se le están poniendo muchos problemas. La excepción podrían ser las
ventas del comercio, pero con los altos precios producto de la inflación
tampoco nos asegura un futuro esplendor. Las desalentadoras
perspectivas de ingresos y el significativo endeudamiento acumulado no
permiten abrigar mayores esperanzas de que los consumidores puedan
mantener un ritmo adecuado. Por eso sorprende que aun hoy las
autoridades se resistan a admitir derechamente que la raíz del problema
no es otra que la incertidumbre generada por los tiempos que estamos
pasando y en los cuales el país se detiene en discutir a acerca de una
nueva Constitución y los bolsillos de todos se siguen resintiendo con un
notorio encarecimiento de nuestras vidas.