Un
reciente reportaje de televisión nos mostraba la violencia
—lamentablemente cada más naturalizada— de algunos alumnos y apoderados
contra profesores. Insultos, empujones, golpes de puño, agresiones con
arma blanca y amenazas con pistolas. Confieso que me causó estupor.
Hasta con morbosidad, los matinales muestran a encapuchados de colegios
“emblemáticos”, apedreando buses y pasantes, destruyendo señaléticas,
lanzando bombas incendiarias. Fundado por J.M. Carrera, cuna de
destacados personajes de nuestra historia, como Bulnes, Montt, Santa
María, Balmaceda, Aguirre Cerda, Alessandri, Aylwin, Lagos, además de
Lawner, Villalobos, Mariano Latorre, Arteche, Délano, Skarmeta… Hoy, el Instituto Nacional se ha transformado en un recinto descontrolado, abandonado por su sostenedor y postulantes.
La
pérdida de referencias a la que impotentemente asistimos, unida al
descrédito generalizado de las instituciones que han sido el sócalo de
la República, es un mal que corroe la sociedad desde su esencia y se
torna endémico. Así, nuestra convivencia cotidiana se va haciendo cada
vez más insoportable y violenta. En esa vorágine destructiva, la
Educación se ve afectada fuertemente por este fenómeno y el
mercantilismo que se ha generado en ella no es la única explicación de
su deterioro. Hace rato que su fiel representante, el “maestro”, ha
dejado de ser el referente del conocimiento y la ética en la sociedad.
Muchos creen aprender mirando tele, con el celular en mano, sin
reconocerle al profesor autoridad alguna. La gravedad de esta situación
reviste urgencia, habrá que afrontarla, y sabemos que hacerlo implica
cambios culturales profundos que van mucho más allá de colegios,
sostenedores y ministerio de tutela.
Me
he preguntado estos días: ¿Habrá un oficio más hermoso que el de
profesor? Ese que transmite saberes y conductas, que enseña con
palabras, gestos, miradas y, sobre todo, con su ejemplo. Solo hay
gratitud para esos maestros que nos dieron las herramientas para la
vida: lectura, escritura, cálculo, curiosidad, esmero, fraternidad. En
mi reconocimiento, rememoro dos hechos que son ejemplos y que no por ser
de otra época, perderían vigencia. El primero me es cercano, el segundo
es célebre:
Hace
unos años, los exalumnos que terminaron sus estudios en el Liceo San
José, en 1969, conmemoraron su egreso. Cincuenta años habían pasado
desde entonces. Fui uno de ellos. Nos juntamos unos cuarenta
viejos-jóvenes en ese mismo colegio, ocupamos una sala de clases, se
pasó lista, respondimos presente al escuchar nuestro apellido, o bien
QEPD, en nombre de aquellos que no olvidamos. Y llevamos con nosotros a
dos profesores —Sarita Oyarzo y Nicolas Porras—, quienes, como antaño,
nos hicieron clases: de francés ella, de matemáticas él. Verlos frente a
la pizarra, concentrados y radiantes, fue para nosotros un regalo
venido desde otro mundo. Sus rostros revivían con las explicaciones que
nos daban. Don Nicolás se olvidó de su bastón, la voz de Sarita resonó
junto a Gilbert Becaud cantando Nathalie; y la hoja, el pupitre, la
tiza, la pizarra, el viejo tocadiscos, cumplieron con la función
asignada de revivir el momento de un dulce pasado. Los ojos de esos
maestros eran de felicidad plena, la que se vive en la excepción del
efímero instante de la dicha. También nuestros ojos reflejaban la
emoción de una tierna alegría. Fue un justo homenaje a nuestros
profesores.
El
otro ejemplo, es el que nos dejara el escritor Albert Camus en su
célebre carta escrita a su maestro en 1957, después de ganar el premio
Nobel de literatura. En esa misiva se lee: “…cuando supe la noticia (se
refiere al Nobel) pensé primero en mi madre y luego en usted. Sin
usted, la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su
enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto…le puedo asegurar
que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso,
continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pasar
de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
Ante
el deterioro societal al que hacíamos mención al comenzar esta columna,
los dos ejemplos descritos nos señalan que existe otra vía y que aún es
tiempo de poner al profesor en el sitial que se merece. Agredir al
maestro, es atacar lo sagrado. Honrarlo, es deber de todos.