A
un mes de la instalación del gobierno de Gabriel Boric, las dudas sobre
la impronta o sentido a su administración que siempre se ve reflejado
en los primeros días de mandato, no se han disipado. De alguna manera lo
que hagan los gobiernos al comienzo de su mandato, da una idea clara
sobre lo que se debe esperar de ellos. En el caso del actual gobierno,
los partidos y movimientos que le llevaron al poder, irrumpieron en la
política nacional con un discurso de regeneración, poniendo en
entredicho lo avanzado por el país en al menos, treinta años de
historia. Todo para ellos era sospechoso de inmoralidad, de corrupción,
de nepotismo, de avaricia; en fin, una crítica feroz al modelo de
desarrollo chileno. Impulsaron con violencia por acción u omisión, los
cambios que en las urnas no eran capaces de lograr, llevando a cabo una
verdadera revolución. Ni antes ni ahora han tenido la mayoría social y
política para repensar las costumbres del país, como lo expresó
claramente el señor Domínguez, Vicepresidente de la Convención
Constitucional, de evidente sintonía política con Boric y su gobierno.
Lo que va quedando en evidencia es que este gobierno no tiene ni ha
tenido un plan para gobernar. El actual Presidente nunca fue claro
cuando era candidato sobre el plan o programa de gobierno; las medidas
económicas para gobernar fueron difusas, tanto que sólo después de
electo pudo tener el nombre del Ministro de Hacienda, lo que revela que
no existió ni existe una idea de conjunto para abordar los urgentes
problemas que presenta nuestro país.
Cambió
muchas veces de opinión entre la primera y segunda vuelta. Fue
partidario e impulsó por ejemplo los retiros de los fondos de las AFP,
de lo cual hoy es un abierto detractor. Respecto del conflicto mapuche,
tampoco tenían ni tienen un plan para su resolución, sino sólo frases y
buenas intenciones. Literalmente la Ministra Siches fue espantada a
balazos cuando intentó llegar a esa zona. Y respecto de la Ministra del
Interior, el año pasado declaraba públicamente que no estaba preparada
para gobernar y que no quería “dar jugo”, como literalmente dijo. No
mucho tiempo antes el mismo Presidente Boric, entonces Diputado,
declaraba lo mismo, que no estaba preparado para gobernar. Por eso hoy
es evidente lo que para muchos era claro antes de las elecciones: una
falta de planificación, que no es propia de los años jóvenes ni de la
inexperiencia, sino de la falta de rigor a la hora de acometer la tarea
gigantesca de administrar un país.
Es
posible señalar sin temor a errar mucho, que si un plan puede tener el
Presiente Boric y su coalición, es que se apruebe el proyecto de
constitución que se está redactando. Lo que ocurra hasta la fecha del
plebiscito es secundario para este gobierno, pues de salir triunfante el
Apruebo, sucederá que el poder político y social estará casi en su
totalidad en manos de su sector político, que es la izquierda; el
peligro de lo que sucedería en ese caso, es evidente. Una muestra más de
la impronta totalitaria de buena parte de la izquierda chilena, es la
eliminación del Senado, que siempre en Chile ha tenido un rol de
contrapeso a las decisiones del Presidente o de los Diputados, generando
un sano equilibrio, todo lo cual se perderá si se aprueba el proyecto
en curso. Ante esta más que preocupante situación, el Presidente Boric,
el Frente Amplio, el Partido Comunista y algunos en el Partido
Socialista, mantienen un sonoro silencio cómplice, pues sólo les queda
como plan de salvación el apruebo de su proyecto de constitución.