Un puerto moderno en el Estrecho

“Cara
a cara no es posible ver el rostro: lo grande se ve a la distancia”.
Así dicta la “Carta a una mujer”, el poema del célebre poeta ruso
Serguei Yesenin, dedicado a su segunda esposa. Aplicado este adagio a
nuestro querido Estrecho de Magallanes, uno puede comprobar que, no
obstante que éste “siempre ha estado aquí” y -más que seguro- seguirá
estándolo (la realidad geográfica es brutal), los chilenos preferimos
ignorar su importancia geopolítica y geoeconómica.

En
cambio, nos sentimos satisfechos de “conservarlo” en nuestro imaginario
como un “elemento del patrimonio”, instrumental para celebraciones y
homenajes.

No
hemos logrado superar esta percepción. Más allá de “estudios” y
“promesas con visión de futuro” no hemos logrado asimilar la oportunidad
que, de partida, ofrecen las más de 2 mil naves de gran calado que
anualmente atraviesan el Estrecho. Un universo muy pequeño se detiene en
Punta Arenas.

A
fines de los 90s, con el interés de los puertos de Róterdam y Valencia,
un grupo de profesionales de Punta Arenas intentó catalizar un puerto
de grandes moderno para recuperar al estrecho como referente del
comercio regional y hemisférico. Sin embargo, incluso antes de avanzar a
la etapa de prefactibilidad, la iniciativa fue desechada. El “modelo de
negocios”, ajeno a ciertos intereses corporativos, “no gustó en los
ministerios de Santiago”.

El
centro del país “sabe” que “el costo de la vida en Magallanes es alto”,
pero desconoce que ello ocurre porque en esta región de Chile parte
fundamental del abastecimiento depende del transporte terrestre que,
desde el Paso Cardenal Samoré (Osorno) y luego de dos cruces de la
frontera argentina, debe atravesar más de 2.000 kilómetros para llegar a
Puerto Natales, Punta Arenas y Porvenir. Esto, sin contar los “cierres
de frontera” impuestos por el invierno, la situación social y/o el
“estado anímico” de nuestros vecinos. No es difícil imaginar que, si en
Punta Arenas existiera un puerto moderno de costos similares a, por
ejemplo, Montevideo, nuestra conexión con el resto de Chile se haría
esencialmente a través de los 1.700 kilómetros de canales patagónicos
que pueden conectarnos directamente con Puerto Montt.

Durante
los últimos meses se ha generado la percepción de que la industria del
“hidrógeno verde” impondrá “la necesidad” de un nuevo puerto en
Magallanes. Atendido el estado de avance de dicha industria, por ahora
ese supuesto es solo una hipótesis. Son muchos los aspectos
técnico-científicos y de ingeniería que esa industria debe resolver
antes de convertirse en una exportadora de dimensiones para demandar un
puerto moderno. El aumento de las exportaciones salmoneras tampoco ha
catalizado dicha “necesidad”. Su principal beneficiado parece ser el
transporte aéreo que, solo como efecto colateral, ha contribuido a
aumentar las frecuencias de vuelos hacia y desde Santiago.

Visualizar
un nuevo puerto solo para operaciones antárticas o turísticas (ambas
circunscritas al verano), o concebirlo como alternativa a los terminales
de San Antonio o Valparaíso, tampoco resuelve el problema.

La solución está, otra vez, en la realidad geográfica.

Cualquier
puerto brasilero, uruguayo o argentino situado al sur de Río de
Janeiro, está sustancialmente más cerca de Shanghái o Singapur a través
del estrecho, que vía el Canal de Panamá. Un estudio nuestro indica que
en millas náuticas, días de navegación y gastos de combustible, la ruta
del estrecho ofrece ahorros de enorme envergadura, especialmente para
los exportadores atlánticos de grandes volúmenes de carnes, soya,
granos, etc., al igual que para los exportadores asiáticos de
maquinarias, automóviles, etc.. El estrecho es, por lo mismo, “la puerta
de entrada al Pacífico”, es decir, el ingreso a una enorme “comunidad
de negocios” a la que -a través de él- Brasil y Argentina podrían
sumarse. Quizás desde esta óptica el nuevo puerto del estrecho podría
encontrar interesados entre inversionistas privados chilenos y
extranjeros. Hay que acostumbrarse a la idea de que el Estado no
invertirá en un nuevo Puerto para Punta Arenas. Lejos de ser un
problema, esto debe ser entendido como una ventaja y un desafío

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