Desde el 18 de octubre
de 2019 Chile se ha convertido más que una “copia feliz del edén” en una
zona de guerra permanente. Una nación de incertezas, de inseguridad, de
bajas expectativas, de frustración, supina ignorancia y donde
(pareciera) estar todo permitido.
Atrás
quedaron esos tiempos donde prevalecían los diálogos, acuerdos y
consensos. Esos que permitieron y contribuyeron a una transición
democrática ejemplar tras 17 años de Dictadura.
Hoy
todo es violencia, una que se ha normalizado y legitimado como vía para
canalizar el logro de objetivos, poner de rodillas al gobierno de turno
y sembrar el pánico en la población. Violencia que trasciende y no mide
estratos sociales, zona geográfica ni mucho menos jerarquías: si no que
le pregunten a la Ministra de Defensa, a la Ministra del Interior o
incluso a un escolta del Presidente Gabriel Boric.
Chile
necesita volver a ser gobernado y gobernar requiere carácter,
liderazgo. Implica mano firme, tomar decisiones que, aún impopulares, le
hagan bien al país y sus habitantes. Pero cuando fuiste la antítesis de
lo que hoy te toca llevar a cabo el escenario es complejo: ¿cómo te
plantas delante de quienes te apoyaron, te dieron su voto, porque
confiaron en ti y en tus promesas, para decirles que todo lo que dijiste
fue parte de la campaña y no tienes obligación de cumplir nada porque
cuando eres oposición puedes golpear todos los días, sin consecuencias,
pero que gobernar implica otro tipo de competencias y acciones para las
cuales, no necesariamente, estás preparado?
Este
dilema no menor es al cual se enfrenta Chile, un rebaño fecundo de
ovejas sin pastor. Y cuando eso sucede, duda cabe, cada animal hace lo
que quiere, donde quiere, cuando quiere, con quien quiere. Como nadie
regula, nadie establece reglas, cada quien se siente en su derecho. Y si
me quieren poner normas, las pinzas: nada que con violencia no pueda
resolver.
Porque
precisamente ese es el problema de legitimar la violencia: que cuando
te toca gobernar esta te revienta en la cara y no tienes nada que hacer,
porque tú la validaste como herramienta, como mecanismo, para obtener
logro, alcanzar metas y objetivos.
Por
ende, que las ovejas se descarríen no tiene nada de sorprendente, mucho
menos de anecdótico. Es una cause natural al no tener un pastor
responsable, maduro, con experiencia, que se haga cargo de las urgencias
y necesidades del rebaño. La diferencia, entre las ovejas y las
personas, es que ellas no tienen injerencia en la elección del pastor, a
diferencia de las personas que sí eligen, bien o mal, a sus
gobernantes, a sus líderes.
A buen entendedor, nada más que añadir.