Invito
a usted lector a fijarse en las prioridades de los candidatos de
izquierda, en sus discursos y propuestas. En ellas hay un desierto de
ideas que hagan verdaderamente progresar a este país. Sus principales
iniciativas dicen relación con temas que son propios de ciertas
minorías; es decir, pretenden hacer de estos temas la base programática
de una eventual acción de gobierno, como si ello fuera a generar
trabajo, riqueza, progreso, especialmente cuando los trabajadores hoy
necesitan imperiosamente fuentes de trabajo. El que se apruebe o no el
aborto libre, por ejemplo, no hará que cientos de miles de personas
puedan llevar comida a su familia. El que se apruebe o no el matrimonio
entre personas de un mismo sexo no hará que surjan más empresas, ni que
se multipliquen los puestos de trabajo.
Y
fíjese también lector que quienes promueven con énfasis cambios en la
familia, en la sexualidad de los niños, en la naturaleza del matrimonio,
en discutir si la vida que una mujer engendra en su vientre es o no
persona, por ejemplo, son políticos que tienen su vida económica
resuelta. Son casi siempre congresistas que perciben millonarios
sueldos; o empleados públicos que tiene asegurado su puesto de trabajo y
en general una buena remuneración; o simplemente millonarios de
izquierda. Porque cuando una persona vive el día a día por su bajo
sueldo, o derechamente está desempleada, lo menos que le interesa es que
los políticos pagados generosamente con los impuestos que generan los
más pobres ocupen horas y horas discutiendo sobre el aborto, el
matrimonio, el color de una persona y, por el contrario, no les interese
de verdad cómo hacer que las gentes tengan una mejor calidad de vida.
El
Chile que propone la izquierda es uno que reivindica a Salvador
Allende, con el drama y pobreza que ese gobierno produjo en el país. El
Chile que pretende la izquierda es uno que no sea “neoliberal”, que es
el que permitió crear empresas, puestos de trabajo, que cientos de miles
de personas sean las primeras en su familia en ir a la universidad, que
hayan podido tomar un avión y darse unas vacaciones; etc. Sé que la
respuesta a este planteamiento será decir que otros tantos miles de
chilenos no han podido disfrutar ese bienestar gracia a ese mismo
“neoliberalismo”, pero la receta de la izquierda ni siquiera propone que
los rezagados tengan mejores remuneraciones y eleven su nivel de vida.
La paradoja además es que aquellos que proponen acabar con el
“neoliberalismo” han resuelto su vida económica gracias a este sistema,
el que niegan ahora para los más desposeídos. ¿Es que acaso son malas
personas por negarles los beneficios del “neoliberalismo” a los más
pobres? No lo son; simplemente su ideología de izquierda les impide ver
la realidad. Cuando un político de izquierda piensa que un empresario
siempre roba a sus trabajadores, le será imposible ver el progreso de
ese trabajador, ni aun cuando ese mismo trabajador esté en lo esencial
satisfecho con su vida.
Para
quienes nos duele ver niños nacidos y criados en carencias económicas;
jóvenes con pocas perspectivas de progreso; viejos con pensiones
miserables, sabemos que el socialismo no es ni ha sido la vía para
solucionar esos dramas, sino que es y ha sido la libertad económica el
verdadero sistema de progreso y desarrollo. Por eso cuando la izquierda
propone terminar con el “neoliberalismo”, en definitiva propone acabar
el desarrollo económico, porque el socialismo del que son partidarios no
trae progreso, ni trabajo, ni buenas remuneraciones.