Una jornada como tantas

Me lo contó mi amigo Sergio B. Solo recojo sus palabras:

Salí
de la oficina antes de lo habitual. Los trámites de la mañana habían
convertido mi jornada en un fiasco y terminé hastiado de esa
arbitrariedad de quienes, pagados para solucionar nuestros problemas,
justifican con placer su existencia exigiéndonos papeles inútiles,
siempre firmados y timbrados ante notario. Creo que hubiera podido
solucionarlo todo echándome la mano al bolsillo, pero me resistí; eso no
va conmigo. Mientras caminaba haciéndole el quite a la mercadería de
los ambulantes, recuerdo haber sentido una cierta desesperanza. No había
sitio en las paredes que no estuviera rayado. “La carne mata” —leí en
una muralla—, y más allá, “yuta asesina”, “ACAB”, acrónimo éste de una
consigna anglófona (All Cops Are Bastards).

Sabes
cuándo se nos perdió el norte —me dijo Fernando al saludarme. Más que
una pregunta era una afirmación. Yo pensé en la frase de Vargas Llosa:
“¿en qué momento se jodió el Perú, Zavalita?” con que inicia su novela
Conversación en la catedral, pero como mi asociación de ideas estaba
fuera de lugar, no atiné a responderle y esperé conocer los motivos de
su desencanto. Vi que suspiraba, conteniendo probablemente la rabia que
expresaban sus ojos. Venía de averiguar lo que la ISAPRE le cubriría
para su operación. “¡La nada misma, son unos carajos! Te roban hasta el
alma” —concluyó. Cruzamos la calle para protegernos bajo un portal, ya
que venían desfilando unas cien chicas de uniforme. Un poco más abajo,
algunos encapuchados ya habían encendido una fogata con escombros,
cortando el tránsito de la avenida. Los autos tocaban la bocina y el
chofer de una micro les gritaba insultos por la ventanilla. Los
carabineros, con cascos y escudos, esperaban en la esquina. Olía a humo.
Los insultos a los pacos eran de grueso calibre y de poca imaginación.
“En otros tiempos, gritábamos mejores consignas” dije, mientras
pasábamos entre medio de la marcha. Las niñas llevaban pañuelos en el
rostro, como los bandoleros de las viejas películas. Me detuve y le
pregunté a una de ellas por qué protestaban. Me respondió que “el
profesor de historia (en realidad me dijo el culiao) es un abusador, hay
que echarlo, sí o sí, cachai”.

Después,
desde la ventana del café, observé que el guanaco había apagado la
fogata, los manifestantes corrían por las aceras y los autos circulaban
nuevamente. Nos picaban los ojos. Mi amigo siguió quejándose, y yo no
solo empaticé con él, sino que le retruqué con mis propios lamentos; y
los tenía de sobras ese día, esa semana, ese mes. Al final de cuentas,
cada cual carga con sus dolencias, se las traga y se va llenando de
rabia. Así, conversando, abrimos la Caja de Pandora de nuestros
desencantos. “Esto me asfixia” —concluyó—, terminando de un sorbo su
café, y yo sonreí, ya que también tenía la sensación de asfixiarme, pero
por las bombas lacrimógenas. Después, ya más apaciguados, habiendo
evacuado parte de nuestros problemas, nos separamos en la entrada del
metro. “Tranquilo, suceden cosas peores; siempre hay gente que la pasa
peor que uno. Somos privilegiados. Pagarás tu operación pidiendo un
crédito y yo le pasaré unas lucas al funcionario que tanto me tramita.
Asunto arreglado”, expresé al despedirnos. Pero una vez en el andén, me
arrepentí de lo dicho y me lamenté por las estupideces que uno puede
afirmar, sin pensarlas del todo.

En
un vagón repleto de cabezas gachas, logré encontrar un asiento
desocupado y comencé a consultar mis WhatsApp. Entonces, nuevamente,
sentí que me subía la adr
enalina
por las venas, hasta ir a dar con mi cerebro. Alcé la vista. Los ojos
de los pasajeros apuntaban al suelo o al teléfono. No distinguí en ellos
otra señal que no fuera la ausencia, y me vi de sopetón en medio de un
alrededor que, por anónimo, me era ajeno. Concluía mi jornada y yo
volvía a casa acarreando mis problemas y angustias, con muy pocas
esperanzas de alivianar esa carga que me vuelve gris como la bruma del
otoño, esa que anuncia la noche invernal, carga enorme que me curva la
espalda y me pesa, me oprime, me pesa…

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