Una joya en claroscuro

Lo
esperaba desde hacía varias semanas, hasta que una tarde, al volver a
casa, el conserje me entregó el sobre que venía de España. Miré las
fechas de los timbres y vi que habían transcurrido más de dos meses
desde su despacho. La demora estaba en la entrega —prefiero precisar.
“Ni que hubiera venido por barco… ¡Correos de Chile!”— murmuré— y me
apresuré a abrilo. Era el libro de Vesna. Claroscuro, leí en su tapa
blanca.

Sucede
que la escritora Vesna Zeta Mimica, alma fueguina, residente en España,
es mi “sestra” de tribu (hermana, en croata) y junto a mi “brate”
(hermano) Eugenio, publicamos hace unos años un libro de relatos a seis
manos titulado “Tres de la Tribu”. Meses después, viajamos por varias
ciudades de Croacia para presentar la obra traducida y para colocar una
placa de granito en la base de un velero, en la montaña del pueblo que
vio nacer a nuestros abuelos. Juntos sentimos el sano orgullo de la
identidad compartida y el legado recibido; los tres consideramos que
saldábamos en parte una deuda afectiva en ese gesto que congregó a los
habitantes del poblado, nos reímos y emocionamos, cantamos, lloramos y
fuimos intensamente felices durante esos días de noviembre del 2017. Tan
intenso fue el encuentro, que hasta bordeó con lo cabalístico. Una
noche, en el bar del hotel, Vesna me mostró un viejo cuaderno azul,
escrito a mano, que le acababa de traer un pariente de Zagreb.
Pertenecía a un tal Natalio, que llevaba también nuestro apellido. Había
sido escrito en Porvenir, en castellano, y relataba escenas de la vida
cotidiana de tiempos remotos. Después llegó Eugenio y, al vernos
compartir su lectura, se interesó también en aquel tesoro. Noté que, a
los pocos minutos, su respiración se hacía intensa y agitada. Entonces
lo miré de frente y descubrí su rostro compungido. “Ese cuaderno está
escrito por mi abuelo. Natalio era mi nono” —nos dijo— y buscó encender
nerviosamente un cigarrillo. Los tres detuvimos en el acto la lectura.
Magia hermosa y pura es la que presenciamos esa noche. El cuaderno había
sido encontrado en un rincón cualquiera de Dalmacia, transitado por
rincones y buhardillas y, sobrevivido a dos guerras. Sin saber qué hacer
con él, Zoran se lo entregó a su prima Vesna, pero aquella noche, el
cuaderno extraviado encontró dueño, aquel que, probablemente, había
buscado por medio siglo. Sin haberlo imaginado, Eugenio recibía un gran
legado. Más que una coincidencia, el hecho fue rápidamente interpretado
por nosotros como un milagro profano.

En
la primera página de Claroscuro hay una frase de advertencia: “Solo se
puede escribir algo sensato desde la locura. Os dejo aquí la prueba de
mi cordura” —nos dice su autora. Recorrí sus páginas, leí y releí esos
poemas, busqué sentidos, deduje interpretaciones, viví emociones, sentí
ternura. Luego, algunos pensamientos se quedaron prendidos en mi mente
por varios días. No es habitual que un libro me deje tan enganchado
después de haberlo cerrado. Por cierto que en mi lectura había una
predisposición especial, en este caso.

El libro de Vesna es hermoso, y así se lo dije en un audio al terminarlo. Son relatos muy cortos, escritos
en castellano y en inglés, que aparecen como flechazos dulces para
hacerse poemas en la lectura, cuya temática alterna entre infancia y
vejez, evidencias y secretos, pasado y futuro, vida que aparece, para
luego desaparecer, y una muerte inexorable que asoma su nariz, sin
dolor, como una sana y resignada evidencia de final del ciclo. De pluma
ágil y sentimiento a flor de piel, con la distancia prudente de quien
decide mirarse para verse, pero desde adentro; de humor refinado, con
pequeñas gotas sarcásticas, Claroscuro es una apuesta literaria original
y talentosa que merece ser pronto presentada también en nuestro país.
Le diré a Vesna que la bella ciudad de Porvenir la espera, que aún es
tiempo de plantar un árbol, como aquel del anciano Luka, o como los
otros dos que debe cuidar Lukita; que la estaremos esperando, tierra
abierta y pala en mano.

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